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El liberalismo no es pecadoCarlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo |
Más bien, una virtud
Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo han lanzado en 2011 uno de los libros divulgativos que probablemente más valor para el público general, en la línea del que ya publicara Pedro Schwartz en mayo (La economía explicada a Zapatero y sus sucesores en dos tardes) o de las inmejorables lecciones de Bastiat y Hazlitt. ‘El liberalismo no es pecado’ tiene muchas virtudes y la primera es su estilo desenfadado: cualquiera que haya escuchado al profesor Rodríguez Braun en sus apariciones en radio y televisión se lo imagina contando jocosamente las ocurrencias de los socialistas de todos los partidos en alguno de los capítulos del libro.
En segundo lugar, empieza por el principio, en aquel momento donde el dinero era ahorro y no deuda y el Estado no tenía esa capacidad para controlar los tipos de interés o crear dinero de la nada que han desencadenado la crisis actual. Así, podemos saber qué es lo criticable de las intervenciones públicas, fomentando una mayor cultura económica.
Por último, no se amilana ante la pretendida superioridad moral de los intervencionistas, muy en la línea de Ayn Rand, quien defendía que el capitalismo es el único sistema moral porque se basa en la libertad, mientras que todos los demás se basan en la coacción. Así, los autores siempre apostarán por la vía de la libertad, que en muchos casos deriva directamente de la naturaleza originaria de las instituciones, creada a partir de las decisiones libres de la sociedad civil, y queda oculta por las costumbres . Así, por ejemplo, reclaman que la forma más justa de recapitalizar un banco no es inyectar dinero público, sino permitir que quienes le han prestado dinero se conviertan en sus accionistas.
Braun y Rallo hablan “de lo que se ve y de lo que no se ve”. Igual que el cristalero de Bastiat, que no obtenía ninguna ganancia que no perdiera el sastre (un personaje que no tenía lugar en la historia), cada decisión económica causa efectos secundarios; los ejemplos que ponen ambos economistas en el libro sirven para precaverse ante los desmanes de los políticos que realizarán, como siempre, por su propio bien. La portada del libro es muy clarificadora de la visión que tienen ambos por el Estado: “Obedeced. Es por vuestro bien. Por la igualdad. Callad. Por la solidaridad. Por el progreso. Pagad. Por la cohesión. Por la justicia social”. Y, sin embargo, esos esfuerzos sirven para deslegitimar la igualdad, a través de la ley, que se pretende conseguir; los presuntos derechos sociales; los resultados de los bienes públicos… Esa pasión por controlar, asustar, imponer, prohibir, vigilar, multar, recaudar… Eso, concluyen, sí es pecado.










