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La batallaArthur C. Brooks |
Estado vs. Mercado
La batalla se libra entre los partidarios de la libre empresa y los del intervencionismo. Los primeros agrupan a dos terceras partes de la población estadounidense, quizá similares a esos colonos recelosos del Gobierno y orgullosos de su trabajo; los otros son quienes creen que es la suerte, y no el esfuerzo, lo que determina la posición final de cada uno, el mercado el que se equivoca y el Estado quien tiene que crecer para corregir sus injusticias.
¿Por qué la “mayoría del 70%” no reacciona frente a la “minoría del 30%”? Arthur C. Brooks, presidente del American Enterprise Institute, explica que algunos republicanos no han defendido la libertad de empresa, sino que se han apoltronado sobre un creciente gasto público. Con el precedente de Bush, que incrementó sobradamente la regulación en materia económica y el despilfarro, y John McCain prometiendo más de lo mismo, es difícil que Obama encontrara alguna resistencia a sus planes para expandir el Gobierno gracias, precisamente, a una crisis del intervencionismo.
El [ex]jefe de gabinete de la Casa Blanca, Rahm Emanuel [actualmente alcalde de Chicago], lo resumió mejor: “Nunca permitas que una crisis grave se desperdicie. Lo que quiero decir con eso es que es un trance para hacer cosas que no podías hacer antes”. La crisis económica constituyó una oportunidad de oro para que la coalición del 30 por ciento rehiciera Estados Unidos a su propia imagen.
Apoyan sus tesis sobre una minoría muy minoritaria del “5%”: catedráticos universitarios, intelectuales, artistas, bohemios… que no creen que Estados Unidos sea “la tierra de los hombres libres, el hogar de los valientes”, sino que papá Estado tiene que tutelar a sus hijos para evitar que haya desigualdades; no piensan que el mayor regalo de América al mundo sea la libertad, sino que tiene que aprender a redistribuir a unos lo que otros producen, a limitar la competencia y los contratos voluntarios en aras del Bienestar. Pero esto nunca ha generado más riqueza, sino paro, burocracia y una casta de vividores del dinero público.
Frente a ellos, Brooks señala que la reacción debería ser volver a los principios que guiaban a los padres fundadores, que fueron los que hicieron grande a Estados Unidos: un Gobierno limitado y controlado por sus ciudadanos, cuya función es proteger los derechos y no otorgarlos y, como sentenció Jefferson, “sabio y austero, que impida a los hombres dañarse unos a otros pero que, en lo demás, les deje actuar libremente en sus propios asuntos y que no le quite de la boca al trabajador el pan ganado”.
Milton Friedman advertía de que, quien buscara en Estados Unidos el ejemplo a seguir, debería remontarse a la nación de antes de los años 30. Queda mucho camino por hacer para volver a un Estado que se atenga a sus límites, fijados por la Constitución, que no cree nuevos problemas intentando resolver los viejos.











LA UTOPÍA LIBERAL.
o sea, “como vender una ilusión”)
El liberalismo es la verdadera utopía, no el comunismo ni menos el socialismo o la socialdemocracia. Sólo unas personas con un sentido bastante escaso de la realidad pueden creer que el mercado premie a los que merecen. El mercado es el lugar de reproducción de las camarillas, de los privilegios, de las grandes corporaciones asesinas. No niego que “los que merecen” puedan tener la posibilidad de acceder a ese estrecho círculo. Niego que sea algo moral acceder a ese círculo, dado que para eso es preciso convertirse en especulador, criminal o especulador (que tal vez sea lo peor). El mercado es imperfecto, cerrado, jerárquico, ineficiente. Creer en el libre mercado es más ridículo que creer en la “dictadura del proletariado”.
En resumidas cuentas, hacernos creer que el liberalismo sea la varita mágica que nos garantizará meritocracia y eficiencia es como creer en Santa Klaus. El liberalismo es la verdadera utopía. El socialismo, la auto-gestión, la cooperación, la redistribución, siendo ideas y mecanismos que siempre han existido en la historia (tanto en las comunidades “no desarrolladas” como en las sociedades avanzadas), no, no son tan utópicos.
A título personal, digo que me gustaría que existieran sociedades liberales, donde exista la libre competencia en igualdad de oportunidades. Sería más justo, de verdad.
Pero son muchos años que no escribo cartas a Santa Klaus.
Un abrazo a los amigos de Wall Street (y etc.), que se preocupan de crear una sociedad más libre y fundada en la meritocracia.
Adam Smith: “No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero que esperamos nuestra cena, sino de sus observaciones de sus propios intereses”. No importa que quienes nos proveen unos servicios sean más o menos morales, porque sólo pueden obtener beneficios resolviendo nuestras necesidades. En caso de que lo hagan robando o coaccionando, es un delito sancionable, aunque muchas veces se cometan bajo el amparo del Estado. Todos podemos acceder al mercado (oferta de bienes) si no nos ponen trabas, pero en España la microempresa está muy penalizada desde el poder y en el caso de que alguna empresa nos parezca inmoral siempre podemos rechazarla dejando de comprar sus bienes en el mercado. Un saludo,
Pablo Cerezal
Responsable de Comunicación
Todo este razonamiento no tiene en cuenta la cultura. Las microempresas españolas están sí penalizadas por el Estado, pero al mismo tiempo no tienen las capacidades para salir por delante por sí solas, porque carecen de organización, cultura económica, tecnología, espíritu emprendedor…de todos modos, el problema aquí no es eso, sino el siguiente: que los efectos de la mano invisible están bajo los ojos de todos. La falta de regulación que ha permitido a las grandes entidades financieras de construir una economía irreal, creando un desajuste crítico entre la riqueza contabilizada y la real (es decir, aquella que se puede producir y consumir, DE VERDAD). En lugar de leer a Smith para preparar el terreno a los tiburones del turbo-capitalismo,encontraría más oportuno volver a considerar una distinción mucho más inteligente y útil del viejo filósofo inglés: aquella entre economía productiva y no productiva. Fundamentando el discurso en esta clasificación, se podrían encasillar los fenómenos con más eficacia y sin ceder a sueños neo-liberales (los liberales, o son utopistas o malvados, no hay manera). Podríamos diferenciar entre una economía pública productiva (las infraestructuras rentables, la sanidad, la instrucción, las energías etc.) y otra que no lo es (el despilfarro, la corrupción, los privilegios etc.). De la misma manera, clasificar la iniciativa económica privada. Coincido en que el papel del Estado “en el mejor de los mundos posibles” tenga que ser principalmente lo de regular (que es lo que más falta hoy día en España, reglas claras, sencillas y eficaces. ¡Ojalá el problema fuese el intervencionismo!), pero esto no es el mejor de los mundos posibles: los grandes empresarios tienen por el cuello los políticos (que no son mucho mejores, pero de menor envergadura), y que el grande empresario español quiera el beneficio del país no se lo cree ni tonto.
(o, si así no fuese, creo que estaríamos hablando de dos conceptos muy distintos de “beneficio”)
Por ende, está claro que el futuro de la economía (a escala nacional e internacional) va a pasar por un modelo mixto: ya se han visto los efectos perversos de las privatizaciones. La gente de abajo no somos tan tontos.
Insisto que el liberalismo, el mundo feliz hecho sólo por PYMES en libre competencia entre sí, con un Estado ético que controle con eficacia y rigor el mercado es una visión muy atractiva, pero lo más irreal posible.
La verdad es que, allá fuera, las concentraciones de poder deciden para muchos en su interés. Dejar más espacio al mercado sería el equivalente de bajarse los pantalones frente al enemigo invasor, esto es, facilitarle el trabajo. Como verdaderos pringaos.
Vuestras propuestas utópicas estarían bien si estuviéramos hablando de escalas y alcances muy pequeños: local, tal vez regional. Pero en este caso haría falta dar una vuelta tal al sistema político que sería más viable nacionalizar el banco Santander, vamos. Haría falta pasar por una protesta, una indignación ciudadana cuyo espíritu no consigo ver en vuestra web.
Saludos
“Un comunista es aquel que ha leido a Marx y Lenin, un anticomunista es aquel que entiende a Marx y Lenin”
Ronald Reagan
Nos vemos en las gasolineras, un saludo
No defiendo a las pequeñas empresas porque sean mejores, de hecho son mucho menos eficientes. Creo en ellas porque son la forma de hacer que las grandes no se estanquen, reaccionen ante una competencia mucho más versátil y, en contados casos, puedan superarlas.
Aunque no creo que la economía no productiva sea la solución y en algunos casos está hiperdesarrollada, creo que gran parte de la culpa es de que el Estado da incentivos negativos. Un tipo de interés muy bajo facilita endeudarse para especular, haciendo que los precios de los activos suban. A su vez hemos tenido políticas que impulsan la compra de viviendas en detrimento del alquiler, por ejemplo. Por otra parte, tampoco podemos demonizar la economía financiera, al que compra barato para vender caro. Esta persona aporta liquidez cuando es más necesaria comprando algo que sobra y lo vende cuando es más necesario. Esto estabiliza los ciclos, haciendo que el precio no sea tan bajo cuando hay poca demanda ni tan alto cuando hay mucha. La otra forma de ganar dinero especulando es creando la carencia de algo, pero eso en un mundo global con libertad para entrar a cualquier sector es prácticamente imposible y apenas sucede cuando los Estados crean un monopolio.
No importa que el empresario no quiera beneficiar a los demás, nosotros le controlamos cuando decidimos comprar o no sus productos. Mientras lo evitemos, nadie puede hacerse rico vendiendo lo que nadie quiere. Las privatizaciones han funcionado mal, normalmente, porque se parte de una situación de monopolio con fuertes barreras de entrada donde la competencia es inviable, pero eso no significa que sean negativas, en todos los casos que me vienen a la cabeza han servido para aumentar la productividad (hacernos más competitivos) y en muchos también para reducir el precio final para el cliente.
Estoy de acuerdo con que las grandes empresas seguramente digan mucho de política económica, quizá el indicio sea las pocas posibilidades que existen de fundar otra para que les haga frente, pero por eso mismo la solución no puede ser darles todavía más poder a los Gobiernos, sino menos: para que no necesiten financiación de los bancos, para que no puedan pagar a base de contratos públicos… El mercado no es el enemigo, somos tú y yo interactuando libremente. Si limitas esos acuerdos mutuamente beneficiosos, entonces dependerás de los agentes económicos que queden, lo que subirá los precios y reducirá los márgenes. Un indicio de que en España pasa eso es que la inflación es más alta que en la UE-15 a pesar de que crecemos menos.
¿Por qué sólo se podrían aplicar nuestras medidas a escala pequeña? Cuanto mayor, más fácil es que surja competencia para más tipos de actividades. Me extraña que no nos veas indignados con el sistema actual cuando estamos reclamando soluciones bastante radicales en algunos casos. Quizá te parezcamos suaves, pero intentamos crear un espíritu crítico con el poder y no creo que eso nos falte.
La competencia no la quiere nadie. Las PYMES se ven obligadas a la competencia, pero las grandes empresas, conforme puedan, se pasan de ella a través de todas las formas posible (monopolios, redes informales, control mutuo, el bulo de la innovación etc.). Y todos los Anti-Trust del mundo no pueden evitarlo. Esto es un hecho. Ninguno quiere la competencia, la competencia genera dolores de estomago. Pienso en los directivos que viven en la “competencia” y tienen tres reuniones al día. Sólo Dios sabe porqué se les ocurre hacerlo. Además todos hemos visto como termina un mundo basado en la competencia. La gente queremos cooperación y solidaridad. Y si habrá que vivir con menos, viviremos con menos, pero felices. ¿Por qué desde la Revolución Industrial (cuando se institucionalizaron los conceptos liberales) la jornada laboral ha aumentado? Trabajamos más horas que en la Edad Media. Venga ya. No nos sirven el Ipad y un coche por persona, si tenemos que tomarnos anti-depresivos y sentirnos mal cada vez que abrimos el periódico.
Nos vemos en los hospitales,
Un saludo.
Nadie quiere la competencia para sí mismo, pero sí quiere que los demás compitan por él: empresarios para ofrecerle unas condiciones mejores, vendedores para ofrecerle mejores productos… Menos mal que existe la competencia, porque si no estaríamos a merced de lo que uno sólo quisiera pagar por nuestro trabajo. Por otra parte, que exista un único oferente muchas veces no se traduce en monopolio si existe la amenaza de que otros competidores puedan entrar (http://www.ilustracionliberal.com/44/dos-conceptos-de-competencia-los-taxis-contra-microsoft-juan-ramon-rallo.html) y si hay una necesidad que no queda bien cubiera por las grandes empresas, aparecen las pequeñas para llenar hueco. Por regla general, las grandes son más eficientes, pero las pequeñas más rápidas.
La cooperación, si es libre, no está reñida con la competencia. De hecho, existe la cooperación a través del mercado, por ejemplo para fabricar un lápiz http://www.liberalismo.org/articulo/50/37/lapiz/ Ante todo, defendemos la libertad para asociarse, pero también para no hacerlo. De la misma forma, si quieres trabajar más para llevar un nivel de vida superior (o al contrario), esperamos que puedas hacerlo. Pero no creo que trabajemos más que en la Edad Media, de hecho trabajamos un menor porcentaje de la población, con fines de semana, vacaciones, ocio, más salud, mejores condiciones… algo incomparable incluso a unas décadas atrás. Podríamos vivir con menos, pero eso no signiifica que queramos hacerlo. Un saludo,
Pablo Cerezal
Responsable de Comunicación