Actualidad Económica
Madrid, diciembre de 2011
¿Contentar a todos?
Ya celebradas y sabido el resultado de las elecciones la pregunta que surge en todos los círculos de forma reiterada es: ¿qué hay que hacer en España para salir del pozo en el que estamos metidos? La respuesta no es fácil. La situación, atendiendo solo a los datos oficiales conocidos, reviste una inusitada gravedad, pero se sospecha que puede ser aún peor, pues es seguro que aparecerán agujeros y compromisos no contabilizados. El Gobierno que en Navidades se haga cargo del poder recibe la peor herencia desde la Guerra Civil. Un país con un cuadro macroeconómico de espanto, que sigue generando paro y que afronta un riesgo evidente de tener que ser rescatado si no es capaz de cumplir los compromisos, muy exigentes, recientemente impuestos y aceptados. Para complicar el escenario, y como consecuencia de los procesos de cesión de competencias y soberanía hacia abajo (a las comunidades autónomas) y hacia arriba (Unión Europea), es el Gobierno que va a tener menos herramientas en su mano para poder enderezar el torcido rumbo de la economía.
Parece claro que, aunque los asuntos que hay que abordar darían para escribir una enciclopedia, desde la justicia a la sanidad, desde la educación hasta la política exterior, sin omitir ningún área, habrá que otorgar la máxima atención y prioridad en el tiempo a las cuestiones más puramente económicas. Hay bastante consenso entre los analistas españoles y los de los organismos internacionales sobre el listado de los problemas que nos aquejan y de los desafíos a los que nos enfrentamos. Pero ¿cómo se hace lo que se debe?, y sobre todo, ¿cuándo se debe hacer?
En cuanto al “cómo se hace“, hay algunos puntos que me parecen relevantes. En primer lugar, el nuevo presidente del Gobierno que reciba la investidura deberá dirigirse al Parlamento, y a través de él a todos los españoles, y presentar un plan claro, concreto y transparente que constituya su programa. Este programa deberá ser un plan de choque valiente, con el objetivo prioritario de comenzar a ganar la credibilidad perdida durante los últimos ocho años. Todo el mundo espera un plan enérgico para afrontar la crisis, de manera que lo que no se puede permitir el nuevo equipo es defraudar las expectativas. Hay que reiterar el compromiso adquirido (y poner marcha las acciones oportunas para cumplirlo) de que en 2012 nuestro déficit no superará el 4,4% del PIB, viniendo desde el más que probable 7% con el que presumiblemente se acabe cerrando 2011. El objetivo prioritario a corto plazo no es, aunque se proclame, frenar el aumento del paro y empezar a crear empleo. Ese es el fin prioritario a medio plazo, y para poderlo conseguir lo antes posible, hay que poner orden en las cuentas, ya que evitar el obligado saneamiento fiscal agravaría todos los problemas.
Pasamos en dos años (de 2007 a 2009) de tener un superávit del 1,9% del PIB a un déficit del 11%, y en los dos ejercicios posteriores no hemos sido capaces de reducirlo al 6% al que nos habíamos juramentado. Debemos cifras fabulosas a nuestros acreedores, a los que tenemos que visitar cada semana para refinanciar nuestras deudas. En 2012 nos esperan vencimientos por 315.000 millones de euros, de ellos más de 200.000 millones correspondientes al sector público, y la prima de riesgo de nuestra deuda se ha instalado con demasiada frecuencia por encima de los 400 puntos básicos (cuando en 2009 era de 58 puntos). Este es el panorama que hay que afrontar con urgencia máxima. Más que con tijeras, con podaderas en las manos.
Para combatir el desempleo hay que llevar a cabo una reforma laboral colosal, que debe ser extremadamente ambiciosa para los nuevos contratos, y, simultáneamente, hay que tratar de garantizar la existencia de financiación para las empresas. Sin resolver ambas cuestiones no se crearán puestos de trabajo, y menos aún en las cantidades que se requiere.
En la vida, lo mejor es tener y hacer amigos. Pero se llega al Gobierno no para hacer amigos sino para gobernar, para hacer lo que precisa el país. Con miedo a cambiar las cosas, cediendo a las pretensiones de unos y otros hemos caminado hacia lo más profundo de la sima en la que nos encontramos, y que ahora vemos tan difícil de escalar.
El Gobierno entrante deberá convocar a todos los españoles y a todas las instituciones representativas a sumarse al plan que ha de proponer. Se debe solicitar la colaboración de todos, y ojalá que se obtenga. Pero si no se logra, algo probable, hay que seguir adelante sin dilación. Con oposición o sin ella. Con huelgas,manifestaciones, acampadas, sentadas, y lo que deparen los acontecimientos. Es preciso cumplir los objetivos en tiempo y forma, y el convoy tiene que arrancar sin esperar a los que duden, dilaten las decisiones o se opongan frontalmente a las soluciones. Por último, el Gobierno tendrá que administrar bien los tiempos y las prioridades. Hay muchas cosas que hacer: unas son necesarias, otras urgentes, convenientes o indispensables. Por eso, deberá seleccionar aquellas medidas más perentorias y de fácil implantación, que deberán formar parte del plan de choque y que puedan integrar un decreto ley de medidas urgentes de carácter presupuestario, en tanto se preparan y presentan, allá por marzo, los Presupuestos Generales del Estado para 2012.
Otras medidas, que tendrían que ser anunciadas también en la investidura del nuevo presidente de Gobierno, exigen un período de maduración más largo por entrañar cambios legislativos, pero la mayoría parlamentaria debería permitir su aprobación en el primer trimestre del año. Otras tendrán que ponerse en ejecución más tarde, pero dentro de 2012.
Los que hemos disfrutado los 36 años de vida democrática tenemos claro que todo lo que no se acometa en este primer ejercicio crucial no podrá ejecutarse después. El calendario electoral se va complicando según pasa el tiempo, y el desgaste que sufre todo Gobierno limita mucho la capacidad de abordar tareas espinosas con dudosos réditos electorales a corto plazo. A los que defienden la conveniencia de ir despacio y esperar a alcanzar acuerdos de Estado hay que decirles que la situación es de tal gravedad y urgencia que esperar para pactar solo serviría, aún en el supuesto de acuerdo, para complicar el panorama.
El paquete de medidas necesarias bien podría denominarse “Plan de Estabilización”, pues eso es lo que en estos momentos se precisa. Reducir sustancialmente el déficit en una magnitud del orden de los 25.000 millones de euros puede hacerse reduciendo los gastos, incrementando los ingresos o haciendo ambas cosas, que es mi opción, a lo largo del bienio 2012-2013. Pero la prioridad debe venir del recorte de los gastos, lo cual obligará a una bajada lineal de todas la partidas presupuestarias de cierta magnitud (¿un 15%?). A los funcionarios no se les puede pedir nuevas reducciones salariales, pero sí la congelación de sus percepciones. Por el contrario, deberían recortarse de forma sustancial (un 20%) las transferencias a los agentes sociales y los partidos políticos, así como las ayudas al desarrollo. La supresión de organismos y ministerios, la venta de edificios públicos, la congelación de la oferta de empleo público y otras medidas de reducción del gasto corriente deberán ser parte integral del plan de austeridad en todo el territorio nacional sin excepciones de ningún tipo, usando si fuese necesaria la capacidad coercitiva del Estado.
Hacer todo esto requiere un Gobierno fuerte, capaz de aguantar la inevitable impopularidad inicial. Un Gobierno que tenga la confianza y la seguridad de que, si se sientan bases sólidas, el crecimiento real y sano de nuestra economía llegará antes de que tenga que comparecer de nuevo en las urnas. No hay atajos posibles. La fiesta se ha acabado definitivamente. Ya no hay espacio ni escenario para los trileros. La cosa va en serio. Si queremos ser un país respetado (y ser respetado significa que nos presten en condiciones no leoninas el dinero que necesitamos) tenemos que pagar antes los excesos y despilfarros de muchos años. Y el Gobierno que llegue tiene la responsabilidad histórica de explicárselo a todos los españoles y poner todos los medios en juego, por dolorosos que sean.
Por tanto, por favor, valor, coraje y decisión para poner en práctica una política tan ingrata como necesaria. Como se decía antiguamente en respuesta a los juramentos de los altos cargos: “Si así lo hacéis que Dios os lo premie, y si no, que os lo demande“.










