Diario de Navarra
4 de abril de 2011

La gran oportunidad

LOS políticos suelen ir apagando los fuegos con mayor efecto mediático, pero a menudo no entran a analizar sus causas. Con el telón de fondo del rescate a Irlanda, el déficit público era el protagonista de los debates de 2010; ahora que este asunto parece más calmado, sale a la luz el verdadero problema de nuestra economía: la escasa productividad lastra el crecimiento del PIB, lo que impide reducir nuestra deuda y el paro, que es el mayor de Europa. Sin embargo, nuestros políticos no tienen interés en romper las rigideces del mercado laboral.

En medio de este estancamiento, Navarra está un poco mejor. Es cierto que sólo crece la tercera parte que Alemania y que su tasa de desempleo roza el 12%, pero es el tuerto en el país de los ciegos. La Comunidad foral fue la primera en salir de la recesión y es una de las menos expuesta al sector inmobiliario. Además, en un país marcado por la atonía del consumo doméstico, una región que exporta un 65% más de lo que importa es el mejor logro posible.

Navarra no puede ser la locomotora de España porque es pequeña. Encaja mucho mejor en el tren europeo, donde es una de las treinta y dos regiones más ricas de la UE. La Comunidad foral tiene un nivel industrial próximo a la media europea (un 26%), diez puntos por encima de la media española. Este sector puede ser un salvavidas, puesto que crece al 4%.Y lo más importante: la región puede crear empleo el próximo año.

Dentro de España, Navarra puede erigirse en un importante polo de atracción de capital humano. Durante las épocas de bonanza, muchas regiones han retenido población a base de puestos subvencionados, pero eso se ha acabado. Ahora muchos profesionales excelentes están en paro y no dudan en emigrar hacia donde tienen más oportunidades. Conseguir ese talento es vital para que Navarra crezca, porque suelen ser los más capaces quienes arrastran al resto de la sociedad. Además, la región necesita más habitantes para poder ofrecer mejores servicios a sus ciudadanos y que sean viables.

Para lograrlo, los gobernantes navarros deberían resistir la tentación de “apostar por los sectores de futuro” -que es como jugar a la ruleta, pero con nuestro dinero- y centrarse en crear las condiciones para que los empresarios inviertan, porque ningún político sabe cuáles son los sectores que van a facilitar un mejor futuro. ¿O alguien en los años 80 habría dicho que España se convertiría en referente mundial en ropa (Zara), banca o telefonía? Cuando el Estado apuesta por el coche eléctrico o la rehabilitación de edificios, está captando una financiación que debería ir a las empresas y descuida sus funciones propias, como garantizar los servicios básicos.

La Administración autonómica debe animar el clima empresarial todo lo posible. No puede reformar el mercado laboral, ni facilitar el crédito, porque eso está fuera de sus competencias, pero sí puede crear un marco regulatorio sencillo, claro y coherente, que no coarte la iniciativa privada, y ofrecer una fiscalidad que incentive el ahorro y la creación de empresas. La Comunidad foral disfruta afortunadamente de una imagen muy definida, que la identifica en el exterior (gracias, entre otras cosas, a los Sanfermines). Y ser identificable no es tema menor a la hora de postularse como destino de inversiones. Si además consigue labrarse una reputación como entorno favorable a la actividad empresarial, puede convertirse en un foco de atracción de inversiones extranjeras, para lo cual las empresas que ya están instaladas serán sus mejores embajadoras. Si Navarra aprovecha la oportunidad, se beneficiará de lo mejor de los dos mundos: la prosperidad europea y el estancamiento español.

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