Expansión
Madrid, 17 de octubre de 2011
De políticas, engaños y expectativas
No pretendo escandalizar a nadie. Pero creo que, en el fondo, todos los economistas sabemos que la clave de la política macroeconómica de estabilización, tal como se ha entendido en los últimos sesenta años, consiste en tratar de engañar a las empresas y a los particulares que actúan en los mercados. Los del oficio sabemos también que el padre fundador de la orden de los macroeconomistas estabilizadores fue Keynes. Y aquellos que hemos leído su obra -en especial sus escritos de la década de 1920- no tenemos problema alguno para entender cómo funciona este engaño. El propio Keynes nos lo explicó perfectamente. Supongamos que nos encontramos en una economía con tipo de cambio fijo y serios problemas de competitividad, en la que los trabajadores y los sindicatos se resisten a aceptar una reducción de salarios nominales. ¿Les suena? Pues bien, no hablo de la España actual, sino de la Inglaterra de los años veinte, que había regresado al patrón oro para devolver a la libra esterlina el poder de compra que tenía en 1914; es decir, antes de que se aplicaran en Gran Bretaña las medidas propias de una economía de guerra.
Salarios y precios
¿Cómo bajar los salarios? Keynes, que era un hombre extraordinariamente inteligente, pero de principios morales no muy sólidos, lo tenía muy claro: engañemos a los trabajadores manteniendo estables los salarios monetarios y permitiendo que suban los precios. Hay que señalar que en el momento en que Keynes defendió esta idea el argumento tenía más sentido que hoy. La razón es que los británicos, gracias al patrón oro, estaban acostumbrados a vivir en un mundo sin inflación. Baste señalar como ejemplo que el poder adquisitivo de una libra esterlina en 1914 era aproximadamente el mismo que tenía en 1820, tras las guerras napoleónicas. Y si alguien está acostumbrado a que los precios no suban, confundirá fácilmente -al menos durante algún tiempo- sus ingresos monetarios con su salario real. Para quien gestiona la política económica es el mejor de los mundos posibles: se reducen los costes laborales sin que los más directamente afectados se enteren.
Y la lógica del razonamiento no es muy diferente en modelos más complejos de política monetaria. Supongamos ahora que un gobierno quiere aplicar una política para fomentar la inversión reduciendo los tipos de interés. Lo que nos dice la teoría es que lo que debería determinar en una economía los tipos de interés son la oferta y la demanda de fondos prestables. Pero, ¿qué hacer si hay una fuerte demanda de capital y, sin embargo, el ahorro es bajo? Muy sencillo. Engañemos al mercado con una política monetaria expansiva inyectando liquidez en el sistema para reducir los tipos de modo que se confunda la abundancia de dinero con la abundancia de capital.
Por tanto, la cuestión relevante de la política macroeconómica es: ¿se puede realmente engañar a la gente? Ésta es una de las preguntas básicas que en las décadas de 1970 y 1980 se plantearon los teóricos de las expectativas racionales, cuya obra ha sido reconocida hace unos días con la concesión del premio Nobel. Su mensaje para los políticos era bastante claro. Si los agentes económicos forman sus expectativas de una forma eficiente, serán conscientes de que la política monetaria expansiva acabará produciendo inflación. Y esta inflación será descontada en los mercados, de modo que nadie prestará a tipos bajos, sino a tipos que incluyan las expectativas de una mayor inflación.
La conclusión es que los efectos de la política de estabilización serán mucho menos potentes de lo que los gobiernos desearían. Y razonamientos similares podrían aplicarse a otros tipos de políticas públicas. No fue, desde luego, esta teoría la primera en criticar la política keynesiana de estabilización. Pero no cabe duda de que contribuyó, en buena medida, a reforzar el escepticismo que con respecto a ella se desarrolló a partir de los años ochenta.
Resulta difícil determinar hasta qué punto la gente se comporta de acuerdo con lo que la teoría predice. Es evidente que la gente necesita algún tiempo para reaccionar; que cuando mayor sea el coste que para una persona o una empresa tenga una determinada política, antes adoptará medidas para proteger sus intereses, y que no es lo mismo haber crecido en un mundo de estabilidad monetaria que haber visto desde la infancia que un billete vale cada vez menos.
Pero volviendo al tema principal, ¿no tendría Keynes algo de razón? ¿No será mejor engañar a la gente “en su propio beneficio”? Lo cierto es que tras esta política -como tras muchas de las ideas de la política económica contemporánea- se encuentra una visión elitista y paternalista de la sociedad. La idea es que para conseguir el bien común un grupo de escogidos pueden dirigir la economía con toda la discrecionalidad que consideren necesaria. Y lo que es aún más llamativo: les molesta que la gente reaccione y descuente los efectos esperados de sus políticas. No cabe duda: los mercados no tienen solución.










