Expansión
30 de enero de 2012
Encadenados al euro
Incluso entre los más fervientes europeístas empieza a extenderse un no despreciable escepticismo con respecto a la moneda única. Al otro lado del Canal de la Mancha se respira con alivio. Los británicos tienen, sin duda, muchos problemas; pero la gran mayoría están contentos de haber abandonado, hace ya casi veinte años, el Sistema Monetario Europeo y de que su país quedase fuera de la zona euro. A este lado, sin embargo, somos muchos los que pensamos que el euro ha sido un gran error, que ha hecho mucho daño, no sólo a la economía europea a corto plazo, sino también al objetivo mismo de la integración económica del continente.
Para analizar la importancia de un determinado factor en el crecimiento económico de un país, los historiadores plantean con frecuencia la siguiente cuestión: sabemos cómo están hoy las cosas; pero ¿qué habría ocurrido si una determinada circunstancia hubiera sido diferente? En nuestro caso: ¿Cómo habría sido la evolución de la economía española -o la de las economías de otros países- si el euro nunca hubiera existido? Este ejercicio intelectual es tan arriesgado como interesante. Es razonable pensar, por una parte, que el crecimiento de nuestro país habría sido, en el período 2000-2007, más reducido que el que en realidad tuvimos. Pero poca duda cabe, por otra, de que, sin el euro, habría sido imposible una burbuja inmobiliaria de las dimensiones que alcanzó en años pasados y no se habría producido el elevadísimo endeudamiento externo que hoy tenemos. La razón es bastante clara: lo más probable es que, vistos los antecedentes y la forma de gestionar la economía de los gobiernos de Rodríguez Zapatero, la peseta se hubiera devaluado frente al marco alemán y otras divisas, los tipos de interés en España hubieran sido significativamente más altos y la especulación en inmuebles hubiera sido mucho menor. En otras palabras, la economía española habría continuado por su senda habitual, consistente en generar periodos de crecimiento que los propios mercados financieros terminaban ahogando; y devaluaciones que, por un lado, nos empobrecían, pero, por otro, hacían caer nuestros precios y salarios internos en relación con los precios internacionales; lo que, a su vez, permitía equilibrar el sector exterior y sentar las bases de un nuevo período de crecimiento.
La peor de las soluciones
No es ésta la mejor forma de hacer política económica, ciertamente. Estoy convencido de que es preferible tener una moneda estable y un mecanismo de precios y salarios lo suficientemente flexible como para garantizar la competitividad del sector productivo. Pero pienso también que la peor de las soluciones posibles es tener, al mismo tiempo, una moneda sólida, sin posibilidad de devaluar, unos mercados poco flexibles y un Estado que gasta por encima de sus posibilidades. Y ésta última es la situación en la que se encuentran Grecia, Portugal, Italia y, desde luego, España.
Los problemas son muchos y graves. Pero nos guste o no, estamos atados al euro. Somos conscientes de que la moneda única hace más difícil que algunos países -el caso de Grecia es el más claro, pero no el único- salgan de la recesión y solucionen sus desequilibrios más relevantes. Pero sabemos también que los costes de salida del euro son tan grandes que, a no ser que la situación sea realmente desesperada, es preferible seguir con la moneda única. Si se rompiera el sistema del euro, la nueva dracma, el nuevo escudo o la nueva peseta no serían las mismas monedas que antes del año 2000. Salir de la zona euro sería reconocer un fracaso, lo que crearía unas expectativas muy negativas respecto al país que devaluara. Me temo, sin embargo, que el punto de no retorno se ha superado ya en algún caso. Y será muy difícil que un país como Grecia pueda reestructurar su economía y salir de la recesión sin una devaluación sustancial. Es decir, sin crear una nueva moneda muy depreciada con respecto a la paridad con la que la dracma se integró en su día en el euro.
La única alternativa a esta estrategia sería para Grecia lo que se viene denominando en los últimos tiempos una devaluación interna. Es decir, un proceso de deflación, acompañado de una reducción sustancial de salarios. Pero esto implicaría un ajuste aún más duro para su economía. Los griegos tendrán que hacer muchos sacrificios tanto si se quedan en la zona euro como si salen de ella. Pero el coste será mayor en el primero de los supuestos.
España se encuentra, sin duda, en una situación bastante mejor. Y creo que, todavía, en nuestro país los costes de salida del euro serían sustancialmente mayores que los del ajuste interno. Pero este ajuste hay que hacerlo. ¿Habría sido menos penoso fuera del euro? Seguramente. Pero, como decía antes, estamos encadenados a la moneda única. Y, por la cuenta que nos trae, no deberíamos romper esa cadena.










