Expansión
Madrid, 13 de junio de 2011
Pero… ¿de verdad queremos cambiar?
No cabía esperar otra cosa. La situación de la economía española continúa siendo muy mala. Los gobiernos europeos -con el alemán a la cabeza- siguen con mucha preocupación lo que sucede en nuestro país. Y la Unión Europea ha vuelto a decirnos que el Gobierno español vuelve a pecar de exceso de optimismo en sus predicciones de crecimiento y nivel de empleo y de timidez en el diseño y la aplicación de las reformas que nuestra economía necesita.
Cada vez hay más analistas que piensan que el objetivo de este Gobierno es aguantar hasta las próximas elecciones con unas reformas de muy poca entidad que, por una parte, le permitan aparentar ante el resto de Europa que está haciendo algo y, por otra, no generen al candidato del Partido Socialista problemas importantes con sus votantes potenciales.
El triste papel que está representando el Gobierno en la nueva regulación de la contratación colectiva es, seguramente, el ejemplo más claro de lo que está ocurriendo; pero no se trata de un caso aislado. Asistimos a una pintoresca comedia de enredo en la que los gobernantes españoles tratan de engañar, mientras Alemania y otros países no les creen, pero, aparentan a veces aceptar que algo se hace en nuestro país. Y siguen, eso sí, presionando para que se den más pasos en la dirección correcta.
Los papeles de los protagonistas de la comedia han quedado, por tanto, bastante bien definidos. Pero quien me interesa hoy no es tanto la gente que está en el escenario como el público que, a no muy largo plazo, tendrá que aplaudir o abuchear a los actores.
La pregunta que me planteo desde hace ya algún tiempo es la siguiente: ¿quieren realmente los españoles que se introduzcan de una vez los cambios que necesita la economía española… o confían aún en que se produzca el milagro y que salgamos adelante sin reformar de forma significativa nuestras instituciones, nuestras leyes y nuestras regulaciones?
Los resultados de las últimas elecciones municipales y autonómicas han dejado bastante claro que la mayoría de los españoles piensa que el actual Gobierno ha hecho mal las cosas y que, tras varios años de acumular fracasos, sería preferible que fueran otros los que gestionaran la economía. Pero no es lo mismo querer que asuma el poder un nuevo Gobierno que desear que el nuevo equipo modifique de forma sustancial la política económica que por tan mal camino nos ha llevado. No es absurdo pensar que muchos españoles, votantes del hoy mayoritario Partido Popular, confían en que un Gobierno de este partido sea más fiable y eficiente y pueda arreglar la situación con mayor competencia y sensatez… pero sin tocar demasiado el gasto público, la sanidad, el seguro de paro, etc., etc., etc. Por ello, lo que se plantea siempre un partido que se encuentra en la situación en la que hoy está el PP es si debe decir a su electorado que hay que llevar a cabo reformas duras e insistir en que sólo con una buena gestión, que acepte el marco institucional hoy vigente, no será posible crear esa economía moderna que demanda un mundo tan abierto y competitivo como el actual.
La economía española está pasando por serias dificultades. Lo que Bruselas propone son reformas parciales, bien orientadas en la mayoría de los casos; pero que sólo cobrarían su pleno sentido en un programa de reforma profunda y global.
En relación con los dos problemas más graves que nos afectan, habría que decir con claridad: en primer lugar, que el sector público español es demasiado grande y muy poco eficiente; y que es preciso replantear tanto sus funciones como su financiación. Y, en lo que al segundo tema hace referencia, habría que reconocer que con la actual reglamentación laboral el paro va a seguir siendo una pesadilla para millones de españoles durante muchos años. Para los dos problemas existen soluciones. Nadie puede dudarlo. La cuestión es si quienes van a gobernar están dispuestos a asumir -con un apoyo social limitado- los fuertes costes de popularidad a corto plazo de unos cambios cuyos resultados sólo tendrán efectos positivos para mucha gente en el medio y largo plazo. No me cabe duda de que, en el PP, hay políticos que tienen claro lo que se debería hacer. Me temo, sin embargo, que otros no están aún muy convencidos. Y ¿por qué negarlo?, muchos de sus potenciales votantes tampoco.
Decía George Stigler que los economistas nos parecemos bastante a los predicadores cuando recomendamos a la gente lo que pensamos que debe de hacer en su propio beneficio. Pero también, como los predicadores, somos conscientes de que nuestros feligreses sólo nos hacen caso cuando ya están previamente convencidos de que es cierto lo que les decimos.
Y convencer de algo que puede resultar incómodo suele requerir bastante tiempo. Incluso con unos datos económicos tan preocupantes como los que hoy tenemos, que deberían constituir un fuerte acicate para la reforma. Parece que ha llegado el momento de que nos miremos al espejo y nos preguntemos: ¿realmente queremos cambiar?










