Expansión
Madrid, 25 de julio de 2011
Un respiro… por el momento
La semana pasada estuvo llena de noticias, que hicieron que los mercados en Europa cerraran el jueves y el viernes bastante más tranquilos que los días anteriores. Primero conocimos los resultados de los nuevos test de estrés de los bancos europeos. La opinión de la mayoría de los analistas es que los datos obtenidos reflejan, en términos generales, que los sistemas bancarios de los países de la Unión no plantean hoy problemas serios de solvencia. Pero para sorpresa de algunos, estos datos no redujeron, al principio, la situación de incertidumbre que existe en varias economías del continente ni modificaron sustancialmente la gran volatilidad que, desde hace algún tiempo, registran sus mercados financieros. De hecho, a lo largo de los días siguientes a la publicación de los resultados, las bolsas de los países europeos siguieron sin mostrar una tendencia clara, y la prima de riesgo de los llamados países periféricos creció, llegando en el caso español a superar la semana pasada los 370 puntos básicos, mientras la italiana llegaba a los 330.
Protagonistas de la crisis
No es sorprendente que estos resultados no tuvieran efectos positivos sobre las primas de riesgo. Y la causa de ello es muy simple: el problema realmente importante de los países del sur de Europa no es la solvencia de sus bancos. El caso de España plantea pocas dudas en este sentido. Aunque la mayor parte de los bancos ‘suspendidos’ tengan su sede en nuestro país, las principales instituciones financieras españolas están hoy mejor que hace uno o dos años, tras haber hecho un esfuerzo importante para sanear sus balances. Es cierto que la morosidad crece, que la contabilización de muchos activos inmobiliarios -y préstamos a ellos ligados- sigue planteando problemas. Y que, en sus activos, el peso de la deuda pública es ya demasiado alto. Pero lo que esto refleja realmente es una economía en crisis. Los bancos sufrirán si la economía va mal, pero en estos momentos no son los protagonistas de la crisis.
Lo que parece haber cambiado la situación en el corto plazo es el acuerdo europeo del pasado jueves, que incluye nuevas ayudas a Grecia y a los demás países con problemas de solvencia y, lo que es aún más importante, el reconocimiento de la quiebra griega, aunque se haya evitado hacer uso de este término. Desde el jueves, las bolsas han subido y las primas de riesgo han caído. ¿Por cuánto tiempo? Es imposible saberlo porque es evidente que el escenario sigue siendo muy complicado. Nuestro principal problema -como el de Grecia, el de Portugal y, en buena medida, también el de Italia- no es financiero, sino real. Tenemos una economía que presenta desequilibrios que es necesario corregir; nuestra tasa de paro es la mayor de Europa; las previsiones de crecimiento no son nada halagüeñas, y el sector público sigue teniendo un déficit muy alto, con respecto al cual existen, por cierto, cada vez más dudas en lo que a la fiabilidad de los datos se refiere. En este contexto, la actitud de la UE, que tiene muchas dudas con respecto al papel que debería desempeñar en la crisis, no ayuda ciertamente a crear confianza.
Alcance del problema
Pero no nos engañemos. El problema no es “europeo”, como se afirma con frecuencia, y no estamos ante una “crisis del euro”. La moneda única sigue siendo sólida, al menos si la comparamos con el achacoso dólar norteamericano. Y, por otra parte, no tiene sentido criticar el comportamiento de los inversores internacionales con el argumento de que la ratio deuda pública/PIB es en Europa inferior a la existente en Estados Unidos o Gran Bretaña. Entre otras cosas porque -afortunadamente, en mi opinión- la Unión no emite títulos de deuda. Son los Estados miembros los que lo hacen y algunos -no todos, desde luego- sí tienen problemas muy serios de endeudamiento.
Existe un acuerdo generalizado de que es urgente resolver la situación de la deuda de países como Grecia y Portugal. Pero esto pasa necesariamente por nuevas quitas, reestructuraciones, o cualquiera que sea el nombre que se invente en esta ocasión para denominar el hecho de que los deudores no paguen los intereses pactados o devuelvan el principal en la fecha acordada. Tal vez por una salida de Grecia del euro. Y, sobre todo, por aceptar el empobrecimiento real experimentado por algunos países. Tratar de arreglar las cosas garantizando una y otra vez financiación a países insolventes que se resisten a hacer las reformas necesarias sólo puede llevar a prorrogar una situación de incertidumbre que a nadie favorece. Y lo que es aún más importante, a que crezca la tensión entre los países miembros de la Unión, en algunos de los cuales ya es tema de programas electorales prometer que no se meterá más dinero de los contribuyentes en rescates que no llevan a ninguna parte. Bien están los test de solvencia y los acuerdos de colaboración europeos. Pero para solucionar nuestros problemas actuales no basta con esto. Hace falta mucho más.










