El Mundo
20 de enero de 2011
Acierto en Fráncfort
El Gobierno de Mariano Rajoy ha actuado con gran rapidez para conjurar la amenaza que se cernía sobre el puesto que ocupa España en el comité ejecutivo del Banco Central Europeo (BCE). Desde la prehistoria del euro, España siempre ha pertenecido a este organismo. Primero estuvo Domingo Solans (1998-2004) y ahora José Manuel González-Páramo, quien concluye su mandato el 31 de mayo de este año.
Su inminente relevo abrió el apetito de países como Holanda y Finlandia que llevan semanas en una operación mediática destinada a consolidar la idea de que los miembros del comité ejecutivo, el órgano decisorio del BCE, no deben necesariamente proceder de las economías más grandes del euro (España es la cuarta), sino de las mejor calificadas por las agencias de rating (Holanda y Finlandia conservan la triple A, junto a Alemania y Luxemburgo).
La reciente decisión de S&P de degradar a España junto con Francia no hizo más que dar alas a estos argumentos. Las alarmas se encendieron en el Banco de España cuando, el jueves pasado, Mario Draghi eludió pronunciarse sobre si España debía seguir representada en el comité. Esta apreciación fue transmitida al Gobierno por la entidad que dirige Fernández Ordóñez.
A diferencia de lo que sucedía con Zapatero, cuando muchos de estos avisos caían en saco roto, el Ejecutivo ha procedido muy rápido. El lunes, Rajoy logró que Nicolas Sarkozy apoyara públicamente la pretensión española de conservar su puesto en el comité. Y ayer, el Ministerio de Economía anunció que Antonio Sáinz de Vicuña, un economista y abogado del Estado al que se vincula con Rodrigo Rato, será el elegido para sustituir a González-Páramo. La candidatura, además, es muy buena porque Sáinz de Vicuña es un veterano del BCE, director general de su servicio jurídico desde junio de 1998. Con esas credenciales, es un aspirante muy difícil de desbancar (nunca mejor dicho). Sáinz debe conocer perfectamente las batallas libradas por «los alemanes», Jürgen Stark y Axel Weber, que traían por la calle de la amargura a Jean-Claude Trichet porque cuestionaban la compra de deuda soberana por parte del BCE. Según ellos, vulneraba su tratado constituyente.
El alejamiento de Stark y Weber, celosos guardianes de la política monetaria, ha permitido a Draghi efectuar un generoso riego monetario que ha traído paz al sector bancario y a las finanzas públicas. El cambio generacional que se está operando en el BCE también ha contribuido a ello. Alemania ha enviado a Jörg Asmussen, de 45 años, al comité ejecutivo y Francia ha designado a Benoît Coeuré, de 42 años. Los holandeses han designado a Klaas Knot, de 44, para suceder a su representante, Nout Wellink, de 68 años. Se trata de una generación «que no ha sido moldeada en el marco intelectual del BCE… quizás tengan la voluntad de abrir sus mentes», decía el profesor de Lovaina Paul de Grauwe al The Wall Street Journal la semana pasada. Sáinz de Vicuña, 63 años, no es de esa quinta. Él es más bien de la Draghi, que tiene 64. Pero se conoce el banco mejor que nadie.










