Diario de Navarra
Pamplona, 13 de diciembre de 2011
Escandalo sindical foral
Los sindicatos de la Administración foral, para ‘ayudar’ en la peor crisis de nuestra vidas, han decidido aumentar el número de sus liberados de 109 a 124, lo que supone un aumento presupuestario de 3,7 millones anuales. Además estos ‘listillos’ cobran los complementos y guardias que hagan sus sustitutos. No discuto la legalidad de tanto dispendio, pero sí cuestiono su magnitud. Aunque la ley no lo pueda imponer, la sociedad civil puede y debe reclamar que disminuyan los chupópteros del sistema.
Es desconsolador que el Gobierno foral no haya tomado medidas similares con sus funcionarios de carrera a las que han tomado otras Comunidades. No se entiende que el Ejecutivo no exija a los trabajadores públicos lo que está pidiendo al resto ciudadanos, comenzando porque trabajen el mismo número de horas anuales. ¿Por qué se les tiene tanto miedo? Sus sindicalistas se deslegitimarán solos si organizan protestas, porque tras los políticos son los colectivos peor valorados por la sociedad. Además los españoles obtienen una de las calificaciones más bajas de Europa.
Los sindicatos de la función pública navarra debieran percatarse de la gravedad de la crisis. La situación de España no es mala: ¡es peor! El que Navarra esté mejor que la media nacional no nos puede dejar tranquilos, sino todo lo contrario: la autocomplacencia nos está cociendo en nuestro propio jugo de ‘bienestar foral’. El confort sólo se puede mantener si generamos recursos crecientes cada año.
Los navarros ni somos ricos, ni lo hemos sido estos últimos años. En todo caso nos lo hemos creído porque hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades. La consecuencia de tanto autoengaño es un espíritu reivindicativo irrefrenable, lo que provoca una voracidad insaciable de subvenciones que escapa a todo realismo económico. El concederles el ‘gratis total’ a los que abusan del sistema corrompe la solidaridad, porque supone el despilfarro del esfuerzo extra que hacen los que crean valor. Si a éstos se les expolia a impuestos perderán motivación para trabajar y habrá menos tarta que repartir.
La desproporcionada huelga de profesores de la educación pública para oponerse a dar una hora de clase más la semana, en Andalucía dan dos más, es otra reclamación inexplicable. Hay muchos titulados en paro que aceptarían trabajar más horas a cambio de tener un puesto de trabajo asegurado de por vida.
El Gobierno foral debiera tener más audacia y dejar de dar subvenciones a los sindicatos y a la patronal. Nadie sabe cuanto dinero reciben estas organizaciones, porque procede de bastantes fuentes. En Navarra tan sólo en concepto de formación, UGT y CCOO, y la patronal CEN reciben más de 22 millones de euros de las arcas forales. Lo que resulta más insufrible es que estas organizaciones reciban dinero público sin que tengan que presentar sus cuentas como el resto de subvencionados. Es de justicia que la formación se saque a concurso y se deje de privilegiar a esas opacas organizaciones. Hay muchos y muy buenos centros de formación en Navarra que lo harían tan bien o mejor que las centrales sindicales y además con transparencia.
Hay un ejemplo admirable que marca el camino por donde debe conducirse una Administración moderna que mire más al siglo XXI y menos al XIX. Se trata de Móstoles, un municipio de más población que Pamplona que ha retirado las subvenciones a los sindicatos, partidos y patronal. Lo que ha dicho el vicealcalde es que esas organizaciones deben vivir de las cuotas de sus afiliados y no de las ayudas públicas. También añadió que no es lógico que la Administración sufrague esas actividades cuando al propio Ayuntamiento se le pide austeridad. ¡Ojalá el Ejecutivo foral tuviera la valentía de la corporación municipal de Móstoles!










