Expansión
Madrid, 9 de junio de 2010
Carstens para el FMI
El mexicano Agustín Carstens ha lanzado su candidatura al puesto de director gerente del Fondo Monetario Internacional rivalizando con Christine Lagarde, la ministra de Economía, Hacienda e Industria de Francia. A favor de Lagarde está la tradición, respetada desde la fundación del Fondo, de que el director gerente del FMI sea un europeo. Además, todo son elogios para Lagarde en el desempeño de sus funciones como ministra de Sarkozy. Pese a ser política francesa, habla muy bien el americano y conoce a fondo a los EEUU. A todo ello se añade una imagen de deportista elegante y vegetariana, cosas que en la escena mundial cuentan mucho. Pero, ¿no habíamos quedado en que yo defiendo la candidatura de Carnstens? Con defensores como yo y otros igualmente apreciativos de la candidata francesa, el gobernador del Banco Central de México tendrá que pedalear cuesta arriba para llegar al puesto supremo del FMI, donde fue subdirector gerente de 2003 a 2006. No es muy acertada mi metáfora ciclista, pues Agustín Carstens tiene un tamaño y peso muy distintos de los de Contador: pasa ampliamente de los 100 kilos. Mi excusa es que él ha empleado una comparación aún menos adecuada: ha dicho que es un quijote al presentarse contra Mme. Lagarde. ¡Pobre Rocinante!
A favor de la candidatura de Carstens está, primeramente, su formación académica. Se licenció en Economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México y luego obtuvo un máster y un doctorado en la Universidad de Chicago. En el FMI hace falta un economista que haya estudiado a fondo buenos maestros, la macroeconomía de la estabilidad y el crecimiento. Ha publicado trabajos académicos en las mejores revistas, entre otras la española ICE, siempre en el campo de los tipos de cambio, cuestión fundamental para el Fondo. Naturalmente, se le ha atacado en la propia Latinoamérica por la sospecha de que su formación de Chicago boy le invalida para un puesto como es el de supervisor internacional del sistema monetario del mundo. Ya se sabe: a pesar de que muchos países emergentes han sobrellevado la crisis de 2007 a 2010 mejor que los adelantados, porque habían conseguido un mejor equilibrio financiero, en seguida salen de las esquinas los estructuralistas de siempre, que creen que el crecimiento lo consiguen gobiernos y bancos centrales con políticas activas de gasto y creación de dinero. Deberían mirar la reciente hoja de servicios del Banco Central de México. Desde hace diez-quince años, explicaba John-Paul Rathborne en el Financial Times de ayer miércoles 8, la política económica de México ha conseguido notables éxitos. El país no tiene déficit presupuestario ni de balanza de pagos. El tipo de cambio flota en niveles convenientes. La tasa de inflación se mantiene estable. Se prevé que México crecerá un 4,5% este año. Mucho ha contribuido Carstens a esta buena marcha en sus puestos en el Banco Central, en el ministerio de Finanzas y, desde el 1 de enero de 2010, como gobernador de ese mismo Banco Central.
Bautismo de fuego
Su paso por la política mexicana y su amplia experiencia en instituciones internacionales, como el Banco de Pagos Internacionales de Basilea, en el G-20 y el Instituto de Finanzas Internacionales, indican que no es un economista puramente teórico. Es muy saludable que las personas formadas en la Escuela de Chicago hayan recibido el bautismo de fuego de la política económica nacional e internacional, porque los gobernantes, sindicalistas, empresarios de la economía real a veces son refractarios a aceptar incluso lo que les haría bien. Puestos a compararle con Mme. Lagarde, creo que sus conocimientos de macroeconomía y su experiencia en organismos internacionales hacen de él un mejor candidato que su rival francesa.
La pretensión de Carstens se enfrenta con algún obstáculo más que el de la tradición favorable a un director general europeo. México ha sufrido duramente las consecuencias de la recesión de EEUU, aunque ya esté saliendo con viveza de la zona de crecimiento negativo. Los enemigos de Carstens en México le llaman “catarrito” porque equivocó la predicción de la profundidad de la crisis mexicana. En unas famosas declaraciones dijo que, gracias a su acertada política económica del último decenio, México no se contagiaría de la pulmonía de EEUU, sino que sufriría “apenas un catarrito”. También juega contra él que México lucha desde hace años contra las mafias de la droga, casi sin esperanza de victoria -4.000 muertos en la guerra de los cárteles y el ejército-. De eso no tiene la culpa México. Todo nace del error de sus vecinos del norte al prohibir el consumo y distribución de sustancias que la gente demanda pese a todos los castigos, una política de prohibición que ya fracasó en los años veinte del siglo pasado.
También temo que en la percepción de los países emergentes cuente más lo posiblemente negativo en su opinión de la ortodoxia de Carstens, que lo positivo de conseguir más voz en las organizaciones económicas internacionales.
Think tank Civismo










