Expansión
Madrid, 1 de diciembre de 2011
El liberalismo no es pecado
Hay días en que el euro me cansa infinitamente. Fuimos pocos los que, hace ahora 12 años, expresamos fundamentales dudas sobre la moneda. Luego, en 2004, escribí un libro exhortando a los británicos a que no entrasen en la eurozona y siguieran usando la libra. Creo que acerté. Mi propuesta era que, en todo caso, permitiesen que el euro y la esterlina se usaran indistintamente, de tal manera que la práctica del mercado acabara primando la moneda más fiable a largo plazo. Habría bastado con derogar la llamada “cláusula de curso legal”, que confiere al dinero de cada Estado la cualidad de ser el único con el que se pueden cancelar las deudas y pagar los impuestos. Si esta concurrencia de monedas se hubiera aplicado en Grecia, en vez de hacer del euro la moneda obligatoria, los griegos tendrían ahora, para denominar los salarios nacionales, una dracma cuyo valor respecto del euro se habría devaluado convenientemente. Eso no habría sido óbice para que el euro circulase también para quienes quisieran denominar sus contratos y pagar sus cuentas e impuestos en la moneda de su conveniencia. El empeño de hacer del euro la moneda-bandera de la Unión Europea es el que ha llevado a su imprudente imposición, velis nolis, quieras o no quieras, y a la negativa de siquiera atreverse a considerar la suspensión de Grecia de la eurozona. De esta forma, un socavón de 50.000 millones de euros se ha convertido en una sima de 3 billones.
En el párrafo anterior he expuesto la cuestión del euro en términos cuasi-técnicos. Ese lenguaje, sin embargo, oscurece el fondo de la cuestión y las razones profundas por las que los europeos hemos de transitar por esta crujía. ¿Que no saben lo que es correr por la crujía? Pues, en las galeras, era hacer pasar al delincuente por la crujía o paso de proa a popa del navío, entre dos filas de galeotes, recibiendo golpes con cordeles o varas. Pues esa es la situación de España hoy: por mucho que corramos, no parece que podamos escapar de los cordeles de los mercados y las varas de la Unión. Nos preguntamos el porqué de esta tortura, sin acertar en la verdadera razón.
Usar el voto
La respuesta no es técnica, sino filosófica, asústense. Parece como si en gran número de países, incluso adelantados, hubiera una contradicción entre democracia política y economía libre. Dicho de forma más consoladora, parece que sólo tras muchos tropiezos y crisis aprenden los pueblos a usar el voto de manera prudente y sensata. Vamos, que los suizos no se equivocan tanto como los nigerianos al depositar el voto; y los propios españoles, en las recientes elecciones, hemos dado muestras de saber distinguir entre ensueño y realidad.
Por eso encuentro tan útil el libro que Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo acaban de publicar, con el título de El Liberalismo no es pecado: la economía en cinco lecciones (Deusto). Los economistas liberales prodigamos en estos tiempos los libros de lecciones. Yo mismo he escrito otro este año, pero en diez. Con eso queremos decir que es imprescindible que los ciudadanos que hemos de ejercer el derecho de voto deberíamos saber algo de lo que concierne a nuestra capacidad de progreso. No digo capacidad de progreso material porque la economía pretende ser algo más que el estudio del dinero, la Bolsa, los salarios, los beneficios, las inversiones y el consumo familiar. Intenta estudiar las leyes del comportamiento humano en sociedad, inclusive las regularidades de la búsqueda de cónyuge, la elección de carrera, la vida delincuente o la afición a la música. No es necesario ir tan lejos. Digo que sin tener algún conocimiento mínimamente sólido de cómo se forman los precios, cuál es la relación entre beneficios empresariales y competencia, cuál es la diferencia entre dinero y capital, qué culpa tienen los bancos de la virulencia de los ciclos económicos, si hay que explicar quién tiene la culpa de la pobreza o más bien cómo se progresa en riqueza, y cuál debería ser el papel del Estado en una economía moderna -sin saber los rudimentos, digo, de todas estas cuestiones, es imposible votar bien-. ¡Caramba! ¡Qué dura sentencia! Pues lean el libro de Braun y Rallo y verán si tengo razón. Concretando: el euro se tambalea porque hemos olvidado que está sometido a la ley de la oferta y la demanda, que es peligroso rebajar artificialmente los tipos de interés y que la competencia entre monedas es más conveniente que la imposición de una divisa política.
Se ha hecho imperecederamente famoso el exabrupto del presbítero Félix Sardá y Salvany, esculpido en el título de un folleto de 1884, de que “el liberalismo es pecado”. Se refería más bien al liberalismo de las costumbres, a la libertad de imprenta, a la soberanía popular y para nada a la libertad de mercado. Pero hoy, esa doctrina anti-liberal se ha convertido en un ataque a la propiedad privada, la irrestricta competencia, el ánimo de lucro, el negocio financiero, los avispados especuladores, las desigualdades de fortuna y otros rasgos característicos del malhadado capitalismo -todos ellos fenómenos que Braun y Rallo explican y defienden con mucho ingenio y sólidos argumentos-.
Mi tesis es precisamente que, sin un buen fundamento de filosofía de la libertad, los especialistas económicos y los gobernantes a los que aconsejan acaban estropeando el sistema de la libertad natural y empeorando las situaciones que pretenden sanear. Que si hay que rebajar el IVA de las empresas turísticas, que si hay que aplicar un tipo de impuesto sobre los beneficios a las pequeñas empresas y otro a las grandes, que si hay que pedir permiso a sindicatos y patronal para reformar la legislación laboral, que si hay que prohibir el tabaquismo, la obesidad y los toros y Dios sabe cuántas cosas más: todo son recauchutados y rebobinados que no atienden a los principios de una sociedad pecaminosamente libre. ¡Cuánto habremos de trabajar para que el nuevo Gobierno haga oídos sordos a los Sardá y Salvany de entre sus filas!










