Expansión
Madrid, 31 de julio de 2011
Good-bye, Mr Zapatero!
El título está en inglés porque quienes de verdad han echado el cierre a la época de Zapatero son los mercados internacionales. Nuestro presidente del Gobierno habrá aprendido justo el inglés necesario para entender esa dura frase. El mandato que él empezó con tan altas aspiraciones ha terminado en una ridícula debacle. Ahora dice que quiere prolongar su Gobierno, un Gobierno cojo, para conseguir que las Cortes aprueben todas sus medidas pendientes, para que quien gane las elecciones empiece una página limpia. Todos sabemos, él incluido, que deja una herencia envenenada. Costará que los españoles olviden los siete años de gobierno de Zapatero, aunque nada les gustaría más que abrir esa página con palabras de esperanza y recuperación.
No sólo he oído, sino que he escuchado con atención el discurso del presidente del Gobierno en la rueda de prensa del final del primer semestre de 2011. Como siempre, me ha llamado la atención su capacidad de comunicar vaciedades como si estuvieran preñadas de sentido. Zapatero ha vuelto a mostrar su habilidad en lo que hoy se considera buena retórica política. “¿Por qué ha adelantado Vd. la fecha de las elecciones, a pesar de haber dicho repetidamente que agotaría la legislatura? En realidad, no la he adelantado, porque hacía ya tiempo, y no diré desde cuándo, había elegido yo noviembre. ¿Le ha movido alguna consideración electoralista para preferir noviembre a septiembre o a marzo? Sólo he pensado en el bien de España al elegir una fecha que, por un lado, permitirá aprobar en el mes de septiembre medidas de ahorro y modernización pendientes y, por otro, hará que España tenga un nuevo Gobierno con plenas facultades el 1 de enero. ¿Importa que el nuevo Gobierno se encuentre en la necesidad de hacer un Presupuesto durante los dos primeros meses de su mandato? Les dejaremos el Presupuesto hecho y ellos podrán modificarlo en lo que consideren conveniente. ¿Ha acordado usted la fecha con el Sr. Rubalcaba? He elegido el momento de la convocatoria mejor para España”.
No debe el Sr. Rajoy echar en saco roto la habilidad retórica de Zapatero. Nunca será el presidente del PP tan convincente como su otrora rival, y habrá que ver si sabe ponerse a la altura del nuevo candidato socialista. Es cierto que Rajoy es un buen parlamentario, incluso el mejor de esta legislatura. Sin embargo, no es ahí donde se ganan elecciones en nuestra democracia, por desgracia. En la medida que el público sigue los debates en televisión, le impresiona más el tono falsamente razonable y dulcemente constructivo del Sr. Durán i Lleida, el policía bueno que hace pareja con el incansable reivindicador que es el presidente Mas. Un triste indicador del poco aprecio que se tiene en España al Congreso de los Diputados es que Zapatero anunció la fecha de la disolución en sede no parlamentaria, ante unos periodistas que se arrogan la representación de la ciudadanía porque los diputados no son ya más que esclava infantería de los partidos.
Ahora se plantea ante Rajoy el dilema clásico de los políticos en época de turbación. Se preguntará si debe explicar a los votantes la gravedad de la situación de España y las medidas necesarias para superarla. También es posible que se incline por decir a los votantes sólo lo que quieren oír, escondido tras una nube papelitos reflectantes, como un buque de guerra en situación comprometida. Tras saber la fecha de las elecciones, ha declarado ya que los españoles no deben temer que su gobierno vaya a recortar los servicios del Estado de Bienestar.
Seguir la corriente
Sabe que esto no puede ser verdad. El Grupo Parlamentario Popular ya votó contra la reforma de las pensiones exigida por el Eurogrupo, lo que habría sido comprensible si hubiese propuesto otro sistema, por ejemplo, el basado en la atribución de los beneficios a cada individuo según su contribución. Rajoy tiene a su lado al sociólogo Arriola, que no se cansa de decir que no mováis la barca, que no reméis ni hagáis olas, pues la corriente nos lleva a puerto sin remedio. El deslizarse suavemente hacia la meta sin descompasar el esfuerzo está muy bien en tiempos de bonanza, pero en estos tiempos las olas son tamañas y se necesitan fuertes remeros y un enérgico patrón para que la tormenta venida de fuera no nos hunda antes de llegar a la bocana del puerto.
Ha conseguido así Rajoy caer bien en Cataluña y en el País Vasco, donde las nuevas directivas por él instaladas han tomado una actitud responsable que quizá allane el camino de los apoyos parlamentarios si no obtiene mayoría absoluta. Un tono mesurado no está reñido con tratar a los votantes como adultos. Ésta quizá sea una elección como la de 1996, en la que el público siente hastío e incluso indignación con las evasivas, engaños y disimulos de los viejos políticos. Creo que, al menos en esta ocasión, el electorado es capaz de entender las medidas que la situación y los mercados exigen. Incluso es posible que un tono de firmeza y franqueza consiga su favor más que un discurso prudente y timorato. Lo peor sería que sospecháramos no ya que Rajoy tiene un programa que quiere ocultar a la ciudadanía, sino que no tiene programa alguno.










