Expansión
Madrid, 24 de junio de 2011
Indignado con los indignados
Los títulos ambiguos son peligrosos, pues pueden confundir a los lectores hasta hacerles pasar página; o quizá les intriguen si les gusta el misterio. ¿Me indignan los indignados o estoy lleno de indignación como ellos? Mi respuesta es que no nos descubren nada a quienes llevamos años denunciando los fallos de nuestra democracia y nuestro sistema económico. Entiendo alguna de las razones de su indignación, pero temo que sus propuestas no servirían para curar los males que denuncian. En especial, me parece que el mesianismo que les tienta a usar la violencia y a pedir y predecir el fin del capitalismo les priva de toda autoridad para hablar del futuro de nuestras sociedades.
Cierto que es inaceptable que tantos políticos imputados por delitos de corrupción hayan sido incluidos en las listas de las últimas elecciones locales. Aunque que nadie es culpable si no ha sido condenado por sentencia firme, un principio de limpieza política debería haber llevado a nuestros líderes a decirles que dejaran la vida pública por el momento, al menos. Tampoco es edificante que tantos diputados, concejales, gobernantes… tengan como único oficio la política: incluso he oído a un miembro del Partido Socialista de Extremadura lamentar en la radio la “tragedia” de tantos de sus “compañeros” repentinamente desempleados por haber perdido las elecciones.
Nuestra ley electoral es una de esas normas provisionales que en España se hacen eternas. Puesto que es tan difícil cambiar la ley electoral para el conjunto de la nación, valdría la pena probar distintas soluciones en las diversas autonomías. La propuesta de Esperanza Aguirre de dividir la circunscripción provincial de Madrid en distritos más pequeños en las elecciones autonómicas próximas, para conseguir una relación más directa entre los votantes y sus representantes, es digna de probarse. Soy algo más escéptico ante la efectividad de las listas abiertas: no sé cuántos votantes se molestarán en tachar alguno de los nombres propuestos o cambiar el orden de preferencia en las papeletas. La propia señora Aguirre recordará que parte de los votos que cosechó en su día para el Senado se debían a que iba la primera en el orden alfabético de la provincia. Hubo que cambiar el sistema para echar a suertes en qué letra empezarían las listas de candidatos. En fin, las listas abiertas serían un gesto a favor de la participación ciudadana en la política. Además, valdría la pena extender el cambio también a las elecciones a los comités de empresa, lo que reduciría el poder de los grandes sindicatos sin afiliados. ¿Me atrevo a decir que el Estado no debería financiar ni partidos ni sindicatos, que así tendrían que vivir de las contribuciones de sus afiliados y simpatizantes?
Los “indignados”, a los que el Gobierno ha consentido incumplir las leyes por cálculo y por cobardía, han conseguido resultados mucho más pobres que los votantes en las urnas de las elecciones autonómicas y municipales pasadas. ¡Esa sí que es democracia directa! ¡Un directo a la mandíbula! Hemos aplicado el mecanismo elemental de la democracia, que es, como dijo Popper, cambiar los gobiernos sin que corra la sangre. En España, digan lo que quieran los “indignados”, la voluntad popular se ha expresado con toda eficacia. Las votaciones del 12 de mayo han robado el viento de las velas de los indignados. Ahora podremos ver algo de lo que se ha barrido debajo de las alfombras e, incluso, como dice mi contertulio Ignacio Bao, ver si aún quedan alfombras. Nuestra democracia es lenta y tiene sus ritos y momentos, pero mal que bien contribuye a limitar los abusos de los poderosos. En esto se distinguen las manifestaciones de “indignados” de España de las de los países árabes, que algunos periodistas extranjeros han confundir.
Paro y privilegios
Hace mucho tiempo que he expresado mi indignación por la cantidad de parados que nuestra sociedad consiente, en especial la proporción de jóvenes que se encuentran sin ocupación. Los “indignados” no han ido a protestar donde correspondía. No les he visto agolparse o vivaquear ante el Ministerio de Trabajo, cuando la legislación laboral es la principal causa de esa indignante situación. Incluso protestan contra la reforma del mercado de trabajo, cuando su esperanza debería centrarse en un cambio profundo de la contratación individual y colectiva. ¿Puede imaginarse mayor despropósito que el de Valeriano Gómez, ministro de Trabajo de España, cuando propone elevar el salario mínimo interprofesional y dificultar así que muchos trabajadores con escasa formación encuentren un puesto a menos coste? La propuesta de CEOE de que haya un único tipo de contrato de trabajo con veinte días de indemnización por un solo año favorecería mucho más el empleo. Los jóvenes sueñan con un trabajo blindado, trufado de mal llamados “derechos del proletariado”. Ese 45% de parados es, en realidad, una cola permanente para alcanzar un privilegio reservado a unos pocos.
Tampoco es acertada la reacción de los “indignados” contra los recortes de los gastos sociales. En realidad, da igual lo que digan, especialmente si lo hacen con la violencia acostumbrada entre los inconformes catalanes. El Estado de Bienestar en su forma actual es insostenible “y punto”, como dicen algunas de sus pancartas. El gasto público tendrá que reducirse para aliviar la carga fiscal y dejar espacio a la inversión privada.
De lo que casi no vale la pena hablar es de su rechazo del sistema capitalista y la economía de mercado expresado por muchos de esos ilusos: los pobres del mundo no tienen otra esperanza.











Es facil para un economista liberal estar de acuerdo con nuestro referente actual en España D. Pedro, sólamente hay que leer su ultima obra La economia esplicada a Zapatero y a sus sucesores, no perdamos de vista lo sus sucesores, pues afortunadamente zapatero es el pasado, lo mismo que los sucesores socialista. Ciertamente en los indignados subyace la pretensión de cobijarse en un sistema insostenible, como podemos pretender contratos indefinidos, acaso las empreas tienen indefinidamete asegurados los pedidos, estamos perdiendo el sentido común y la libertad intelectual instalandonos en lo mal llamado politicamente corrercto y en un buenismo cuyo resultado es enfasto.Desconocen los indignados que la contribución al sistema de las cotizaciones sociales, por parte de los empreasrios asciende al 85%, siendo la contribución de los trabajadores un 15%, estos costes laborales y la imposibilidad de renunciar sin coste a ser empresario, son un freno a la creación de riqueza y de puestos de trabajo.