Expansión
Madrid, 24 de mayo de 2011

Consecuencias económicas de la derrota socialista

La dramática derrota del PSOE en las elecciones locales del 22 de mayo afectará sin duda la economía española. Lo más importante es examinar los posibles efectos del desánimo del Gobierno y su partido ante los pésimos resultados cosechados en las urnas. ¿Disolverá el Sr. Zapatero las Cortes Generales antes del fin de su mandato? ¿Ahondará el Gobierno las reformas que nuestro país necesita? ¿Se atreverá a enfrentarse con los sindicatos, que han sido los grandes emboscados en esta consulta? ¿Tendrá tiempo para esperar y ver qué le pide el cuerpo? Los demás grupos de la izquierda, aunque han arrebatado votos al Gobierno, no influirán mucho en la política económica de los próximos meses. Eso incluye a los jóvenes acampados en las plazas de muchas ciudades españolas, que, pese a lo aceptable de algunas de sus propuestas de reforma electoral, tampoco cambiarán nada de la marcha de la economía, visto el carácter utópico y desordenado del movimiento. Otra incógnita es la actuación del Partido Popular en los meses que faltan hasta las elecciones generales. Tampoco sabemos cómo van a comportarse los mercados financieros internacionales ante el vuelco político de España, dado que la crisis del euro está lejos de haber terminado. Muchas preguntas en un momento delicado de la vida nacional.

El estado anímico de los dirigentes del PSOE parece el de un boxeador sonado que a duras penas acaba de levantarse de la lona. Si Zapatero fuese el estadista responsable que quiere aparentar, aprovecharía el que su carrera política ha terminado para hacer todas las reformas que, con más o menos convicción, ha prometido, cualquiera sea su coste en términos de popularidad. Limpiaría la mesa de los restos de sus excesos socialistas y la dejaría pronta para una nueva etapa de dieta sana, dijeran lo que dijesen los cabecillas de los sindicatos presuntamente mayoritarios. Dudo de que ése sea su comportamiento en los meses que vienen. Tampoco hará caso de quienes le piden que convoque elecciones generales. Más bien querrá estirar lo más posible su mandato, tras pedir a san Judas Tadeo, el abogado de los imposibles, que la economía empiece a crecer tan deprisa que el paro disminuya sin necesidad de más reformas. No entra dentro de lo probable que esos deseos se hagan realidad. Fíjense que he dicho sin necesidad de más reformas. Quiero significar dos cosas con esas palabras: que no basta con crecer para crear suficiente empleo, en especial cuando la tasa de paro media de España es algo más de un 21% y la de paro juvenil está bien por encima del 40%; y que Zapatero no quiere hacer más reformas, porque en el fondo no cree en ellas, ni siquiera las entiende bien.

La táctica de no decir mucho y dejar que el enemigo se hunda solo ha dado buenos dividendos electorales al Sr. Rajoy. Tenemos suerte de contar en España con un partido de oposición unido y capaz de recoger el disgusto del país. En Italia parecen no encontrar a nadie que pueda hacer frente al signor Berlusconi y su incapacidad de poner en marcha la economía. Nos gustaría saber, sin embargo, qué se propone hacer el Partido Popular para reformar nuestras instituciones cuando gane las próximas elecciones generales. Desde el punto de vista de la teoría democrática más acendrada, los partidos deberían presentar ante los electores, al menos en sus líneas maestras, la política que piensan aplicar si gobiernan. No hay que ser demasiado ingenuos pero sí cabría que al menos los asesores de los líderes fuesen iluminando al público sobre qué hay que hacer, dejando de lado cuándo. Los responsables políticos sólo hablan de gestionar mejor la cosa pública, de ahorrar gastos inútiles, de… ¿qué otra cosa? Todo lo más hemos oído decir a Rajoy que infundirá confianza mucha confianza y que quiere reducir el IVA de la industria turística.

Más exigentes van a ser los mercados internacionales. La situación europea sigue sin resolverse. Es bien sabido que, tras una crisis financiera tan profunda como la que hemos sufrido los países adelantados, la tasa de crecimiento seguirá siendo desvaída durante algunos años -así nos lo han hecho ver Reinhart y Rogoff en su best-seller sobre ochos siglos de especulación financiera-. Hace ya meses que venimos diciendo que Grecia no puede enfrentarse con sus deudas, venda los bienes públicos que quiera. Tres y ni una más son las soluciones posibles. La primera es seguir prestando dinero a Grecia como si tal cosa; es la que defiende el BCE, que después de todo es el que imprime el dinero. La segunda es transformar los bonos griegos en los que nadie tiene confianza ya, en bonos triple A avalados por el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, tras una reducción de su nominal, al estilo de los bonos Brady de los que he hablado tantas veces. La tercera es dejarse llevar por la corriente hasta las cataratas de un repudio desordenado de su deuda por Grecia, con la consiguiente salida de este país del euro. Ahora ha empezado a tambalearse la confianza en la deuda italiana.

Las dudas sobre lo que vayan a hacer las autoridades europeas y el FMI cuando tenga nuevo director gerente inquietan pues a los mercados. Temo que en cualquier momento haya otra crisis del euro, con grave repercusión en España. Dos preguntas más: ¿Se levantará Rajoy en el Congreso de los Diputados para recordarle a Zapatero algo más que su deber de convocar elecciones generales? ¿Le dirá exacta y precisamente qué debe hacer para evitar que las incertidumbres del euro repercutan en nuestra situación financiera?

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