Expansión
Madrid, 11 de julio de 2011
Misión de la universidad
Ortega, en el ensayo que escribió en 1931, definió la Misión de la Universidad de manera muy discutible, que es lo que hace la gracia de los escritos de tan ilustre metafísico. Debemos la publicación original de ese texto a un providencial fallo de la megafonía, que hizo inaudible la conferencia de Ortega sobre ese tema en el Paraninfo de la Universidad Central en la calle de San Bernardo de Madrid. Dos son las ideas maestras de ese texto: que una misión de la Universidad es hacer hombres cultos; que la otra misión de la Universidad es formar profesionales. Hacer hombres y mujeres cultos implica adquirir conocimientos que los eleven “a la altura de los tiempos”; para ello propone la creación de una “Facultad de cultura”, de carácter transversal, como se dice hoy día, que enseñaría los grandes temas de la física, la biología, la historia, la sociología y la filosofía a todos los estudiantes. La otra misión, la de las Facultades sería enseñar las profesiones intelectuales, como la de “abogado, juez, médico, boticario, o profesor de Latín o de Historia en un Instituto de Segunda Enseñanza”. Para él, no era misión central la investigación; incluso hablaba Ortega de la necesidad de corregir la “desastrosa tendencia […] al predominio de la ‘investigación’ sobre la enseñanza en la Universidad”. Admite que sin contacto con la investigación las profesiones y la cultura se anquilosarían: propone que en torno a la Universidad “establezcan sus campamentos las ciencias, laboratorios, seminarios, centros de discusión”. Pero esas actividades no habrían de estar en el centro de la tarea universitaria.
Es mi opinión que Ortega no acertaba ni en su análisis ni en sus propuestas. No es cierto que sea posible transmitir a los futuros profesionales los conocimientos como si fueran inamovibles. No valora, al parecer, cuán necesario es que los profesionales sean conscientes, gracias a su formación universitaria, de que los saberes establecidos nunca son definitivos. Excluye también así la formación para el aprendizaje continuo recibida por el universitario cuando se le dice que lo que tiene que mantenerse al tanto de los nuevos conocimientos toda su vida. Así, dice: “el médico tiene que aprender a curar y, en cuanto médico, no tiene que aprender más”. Cualquiera que conozca la profesión médica sabrá dos cosas: que los médicos, una vez licenciados, adaptan continuamente sus “protocolos” para tomar en cuenta los resultados de la práctica; y que no pueden pasar por alto los avances de la ciencia recogidos en revistas especializadas. Lo mismo puede decirse de las mujeres y hombres de leyes, o de los profesores de instituto. Hoy diría Ortega con razón que el sistema de promoción del profesorado de universidad en la actualidad es un remedo mecanizado de lo más defectuoso del sistema de EEUU: exagera el principio americano de “publish or perish“, de publicar en revistas puntuables investigaciones a veces nimias y repetitivas. España ha cogido el rábano por las hojas, al centralizar en una agencia estatal la calificación de las capacidades, especialmente investigadoras, de los profesores, en vez de dejar esa calificación al albur de la competencia entre universidades. El mal está en la conexión legal entre el título universitario y la licencia pública para desempeñar una profesión y la creencia de que el Estado debe proteger al público de licenciados de universidades poco fiables.
Oposiciones
No habló Ortega de las oposiciones a cátedra de su tiempo, que, al poco, iba a reformar la República con el sistema de seis ejercicios agónicos (en el sentido original de “lucha”). Un notable artículo del catedrático de Genética de la Universidad de Sevilla, Enrique Cerdá Olmedo, defiende las oposiciones y las cátedras vitalicias como esenciales para el avance de la ciencia en nuestro país. Lo encontrarán en la revista Libros del mes de julio y aconsejo vivamente su lectura, pues es muy contrario a las ideas a aceptadas y el autor se explica con notable ingenio y amplia cultura (a la Ortega). Primero, el sistema de oposiciones, aunque parece bárbaro, conviene más para corregir la especial idiosincrasia clientelista de España. Con el nuevo sistema de comisiones apreciadoras del mérito, es mucho más difícil que un extraño penetre el muro de la “endogamia” de los departamentos, sobre todo en las comunidades nacionalistas en las que se premia especialmente la familiaridad con el folklore local.
Segundo, señala Cerdá que la cátedra vitalicia le ha proporcionado un ámbito de autonomía en el que hacer ciencia siguiendo su curiosidad e intereses, no los deseos de los financiadores, sean éstos públicos o privados. Ve su cátedra como una Ínsula Barataria, en la que Sancho Panza tuviese a raya a los médicos que le impiden buscar y comer el alimento espiritual que ansía. La financiación dirigida sobre la base de proyectos de investigación aceptables para los colegas hace peligrar la ciencia nueva, porque lo que está por descubrir no se sabe (si me permiten la aparente tautología). El camino para financiar la ciencia no es la selección de proyectos por un comité, sino la selección de los mejores para darles dinero, sin más condiciones que la descripción regular de los resultados.
Al defender la selección de profesores por vía de la competencia, le falta a Cerdá destacar el papel que desempeña la competencia entre Universidades en EEUU. Tres son las condiciones necesarias para que haya concurrencia inter-universitaria en España: una, que las universidades busquen mecenas para contratar profesores de otros centros como los equipos de fútbol fichan futbolistas; otra, que haya una liga y puntuación pública de las facultades y centros universitarios, de tal manera que los estudiantes seleccionen la mejor y más prometedora a su alcance; y tres, que el monto de las matrículas sea libre. Arquímedes decía “dadme un fulcro y moveré el mundo”. El inerte mundo exige tres fulcros.










