Expansión
Madrid, 30 de junio de 2011
Tres o cuatro predicciones sobre la crisis griega
Los supersticiosos de la economía, que abundan entre los políticos y los periodistas, no parecen saber que las predicciones sobre el devenir de las sociedades son siempre condicionales, que dependen de las circunstancias iniciales y de decisiones y desarrollos sobrevenidos. En cuanto se quiere predecir fenómenos complejos, la certeza de las previsiones desaparece.
En el caso de la crisis griega, hay que partir del conocimiento de ciertas leyes o regularidades sociales: así, que una tasa de interés demasiado alta hará imposible el cumplimiento de los contratos de préstamo; así también, que los tipos de cambio fijos son incompatibles con los déficit públicos. Más concretamente, y para el caso de Grecia: un tipo de interés compuesto del 15% a pagar al final del préstamo, como el que ahora exigen los gestores del ahorro internacional a Grecia, al cabo de 5 años más que dobla la cifra a devolver. En todo caso, cualquier país miembro de la Unión Monetaria, si quiere contribuir a que el euro perviva, debe mantener equilibradas sus cuentas públicas -a menos que el ejemplo a seguir sea el del Tesoro de EEUU-, cuyo dólar está en constante erosión y cuyo déficit pone en peligro el futuro económico del mundo occidental. Con déficits tan abultados como los de Grecia, se pone en peligro no sólo su solvencia sino la moneda europea toda.
Como ocurría en el sistema del patrón oro, el euro necesita que sus miembros se guíen por “el santo temor al déficit”. Por desgracia, los países modernos incurren en dos clases de deuda: la explícita, nacida del exceso de los gastos respecto de los ingresos en los Presupuestos Generales de cada año; y la no reconocida ni cuantificada, consistente en el valor actual de las obligaciones futuras en materia de pensiones, salud y educación públicas. Ambas clases de déficit desembocarán bien en más deuda, bien en mayores impuestos, bien en continua inflación o bien en un deterioro de los servicios públicos. Grecia da muestras de esos cuatro síntomas de una imprudencia fiscal básica. Ello ha llevado a que los mercados financieros le hayan retirado la confianza. Por desgracia, en el seno de una Unión Monetaria como la europea, en la que son muchos los miembros con dificultades parecidas, la insolvencia de uno de sus miembros socava la confianza en todos los demás.
Otras circunstancias dificultan grandemente las posibles salidas de la crisis griega. En especial, es importante la distancia entre las preferencias de los gobiernos europeos y las reacciones de sus votantes. Los gobiernos de los países partícipes en la Unión Monetaria quieren por encima de todo que el euro sobreviva -sobre todo por las consecuencias de su fractura para el proyecto de la UE-. En cambio, muchos ciudadanos de la Unión se están volviendo contra el euro por razones contrapuestas. Los del norte de Europa -Alemania, Francia, Holanda, Austria y también Polonia- están cansados de cargar con las deudas de otros; los de los países periféricos que han pecado de prodigalidad no quieren sufrir más recortes. Nada mina tan peligrosamente el sentimiento de pertenecer a una misma comunidad como las transferencias sin fin entre regiones trabajadoras y regiones subvencionadas -que lo digan los padanos y los catalanes-. Nada enfada tanto a la ciudadanía como el que los políticos les seduzcan con promesas irrealizables y luego les pidan sacrificios en aras del bien de la patria. La negociación para salvar a Grecia y el euro se ve enturbiada por graves diferencias de opinión.
Otro dato de partida. Recuérdese que Grecia se ha comprometido a un plan cuatrienal de reducción del déficit público anual hasta colocarlo por debajo del 3% de su PIB: la cifra de déficit a reducir suma 5.500 millones de euros. Lo más urgente, sin embargo, no es la corrección del déficit futuro, sino la solvencia de la deuda presente. El Estado griego tiene colocados bonos por 341.000 millones. De ellos, vencen 12.000 millones en julio y el Estado griego ha dicho que no los puede pagar. Al final de 2014, maduran otros 100.000 millones; el resto, más tarde. También interesa dónde están colocados. Según el Royal Bank of Canada, los bancos comerciales (sobre todo griegos, franceses y alemanes) mantienen en cartera el 27% de la deuda soberana griega. Otro 43% está en manos de fondos de inversión, fondos soberanos, bancos centrales y particulares. El BCE tiene un 14%, mientras que la UE y el FMI poseen el restante 16%. El impago próximo de alguna porción del papel griego en cualquiera de sus plazos precipitaría una carrera, no sólo contra toda la deuda griega, sino también las de Irlanda, Portugal, España y, seguramente, Italia y Bélgica. El pánico sin duda alcanzaría los más de 1,2 billones de euros de derivados basados en deuda soberana. En esta situación angustiosa, todos los partícipes tienen interés en evitar la insolvencia griega, pero ninguno sabe a ciencia cierta cómo evitarla. ¿Cuáles son los posibles “escenarios” de actuación?
1. Tras la aprobación por el Parlamento griego del plan de recortes, la UE y el FMI prestan al Gobierno griego los 1.200 millones que necesita antes de julio. El respiro será temporal, pues para antes de fin de este año, Grecia necesita encontrar otros 600 millones. De dicha suma, el nuevo ministro griego de Economía, señor Venizelos, espera conseguir 400 millones gracias a reducciones de gasto público y aumento de ingresos fiscales. El resto tendrá que obtenerlo con la venta de empresas públicas. Sería necesaria, además, la salida de muchos trabajadores griegos al resto de la Unión para conseguir empleo fuera. Los países bálticos se han aplicado una dura receta de este tipo y han conseguido volver a una senda de crecimiento. No veo a los griegos en disposición de aceptar tales medidas de devaluación por la vía de los costes -la única “devaluación” posible en el seno de una unión monetaria-.
2. Grecia propone un repudio ordenado de su deuda soberana. Este es el plan que están considerando franceses y alemanes, a condición de que la aceptación de ese impago por parte los acreedores privados de Grecia sea “voluntario”, para que las agencias de calificación no declaren la quiebra oficial del país. Se trataría de refinanciar la deuda griega a medida que vaya madurando y sustituirla por unos bonos garantizados por el Fondo de Apoyo de la UE. Es la solución que se adoptó el siglo pasado con los repudios argentino y ruso, sobre la base de bonos avalados y negociables, conocidos como “bonos Brady”.
3. Repudio desordenado. Grecia no consigue aprobar y aplicar su plan de recortes y privatizaciones. La UE y el FMI se niegan a prestarle más dinero. Los helenos suspenden pagos. Se desata una carrera contra los bancos de Irlanda, Portugal, España y, quizá, Italia por miedo de los depositantes a una prohibición de movilizar cuentas corrientes -el llamado ‘corralito’ a la argentina-.
4. Grecia sale del euro y devalúa el dracma y la Unión Monetaria se resquebraja…
No quiero seguir imaginando horrores. Creo que, incluso si el Parlamento de Atenas no hubiera hecho sus deberes, los europeos seguiremos parcheando, pero ¿hasta cuando? Llegará un momento en que los votantes de los países triple A se cansen. Al final, habrá que reestructurar la deuda griega en medio de una cacofonía de mutuas acusaciones. Yo tenía entendido que el euro tenía como fin unir a los europeos.










