Expansión
Madrid, 20 de octubre de 2011

Un premio Nobel en mi casa

No es que Thomas Sargent haya visitado mi casa, sino que cuando oí la noticia de que junto a Christopher Sims le habían concedido el Premio Nobel de Economía fui a buscar en mi biblioteca dos libros que tenía de él. Aunque ambos premiados trabajan en el mismo campo de la macroeconomía empírica (ahora les diré de qué se trata), tengo esos dos libros de Sargent por el gran interés que había despertado en mí su faceta de historiador de la economía y el pensamiento económico. Los dos títulos que digo son: uno de 1999, La conquista de la inflación americana; otro de 2002, El gran problema de la calderilla, ambos en Princeton. Advierto que los dos están en inglés y además que el primero es de gran dificultad técnica, no vayan a lanzarse a comprarlos antes de que al menos el segundo esté traducido al español.

En estos dos libros, Sargent trata de sendas cuestiones de alto interés que desde hace medio siglo o más tienen agitada a la profesión económica (y a los gobiernos y los bancos centrales). Eso me lleva a animarles a que sigan leyendo aunque hoy no les hable del maldito euro. La primera cuestión es la de una posible relación inversa entre desempleo e inflación, que Sargent trata en La conquista de la inflación americana. Si dicha relación inversa fuera sólida y fiable; es decir, si fuese posible reducir el paro devaluando los euros o dólares con que se pagan los salarios inyectando dinero continuamente, tendríamos entre las manos un arma poderosa para combatir la plaga de las economías actuales, que es la desocupación. Dicha teoría se conoce con el nombre de “la curva de Phillips”, por haber sido ese economista neozelandés quien la formuló en 1958; pero en verdad le dio fama y difusión nuestro viejo conocido Paul Samuelson. Durante bastantes años, quizá toda la segunda parte del siglo XX, fueron muchos bancos centrales que inspiraron sus políticas monetarias en esa relación. Es sorprendente que así fuera porque la relación inversa entre empleo e inflación de Phillips había recibido una herida mortal a manos de dos economistas de la Escuela de Chicago, Milton Friedman, en 1977, y Bob Lucas, en 1976. Estos dos Chicago fathers, que no Chicago boys, pues ya no tenían la poca edad requerida para llamarse ‘muchachos’, señalaron un elemento olvidado por los seguidores de Phillips: que las expectativas cuentan en economía.

Dirán que todos sabemos que las expectativas y la confianza importan. Pero ese pensamiento, que todos los días leemos en los periódicos, carece así de precisión suficiente. Friedman hizo notar que los individuos, las familias, las empresas no somos materia inerte en manos de nuestros gobernantes, que creen poder mandarnos a su antojo: nosotros prevemos lo que pretenden hacer los mandamases al elevar o reducir los tipos de interés o los impuestos y contrarrestamos esas medidas con movimientos evasivos. Lucas, por su parte, subrayó que, tomados uno con otro, los hogares y las empresas no cometen errores sistemáticos en sus previsiones. Como dijo Lincoln, “es posible engañar a unos pocos todo el tiempo, a muchos algún tiempo, pero no a todos todo el tiempo”. ¿Qué añade Sargent a estas ideas para explicar la gran inflación de EEUU de los años 70 y la estabilización de Volker? Pues que también las autoridades forman sus expectativas sobre el comportamiento de sus súbditos y que todos los actores de ese juego aprenden con el tiempo. Para formular con precisión estos vaivenes de acción y reacción, tanto Sargent como Sims han apelado a la inmensidad de datos que ahora se pueden tratar con las tecnologías de la información. Han pasado de la macroeconomía del sillón a la macroeconomía del ordenador.

Me ha sido más fácil leer The big problem of small change, o El gran problema de la calderilla, que Sargent ha escrito con el historiador económico François Velde. Hace muchos años, cuando estaba estudiando el nacimiento de la peseta en 1868 en el Banco de España, intentábamos explicarnos el problema de la escasez de calderilla. Pudimos observar los entonces economistas del Departamento de Historiadores que en momentos de inflación escaseaban o desaparecían las monedas de baja denominación. Esto he vuelto a observarlo en un viaje reciente a la Argentina. Como la tasa de inflación real, no la confesada por el Ejecutivo, ronda el 30%, los taxis, las tiendas, las cafeterías no dan el cambio justo en monedas y billetes pequeños. Recordando a Sargent y Velde, me di cuenta de que en una situación de pérdida de valor de toda la moneda el dinero quema en las manos de la gente y ésta busca moneda fraccionaria para hacer todas las compras posibles inmediatamente.

Ésta es la idea fundamental del modelo presentado por Sargent y Velde: en esas situaciones, la moneda fraccionaria muestra un tipo de cambio recrecido respecto de los billetes de alta denominación. De hecho, siempre ocurre que, hasta un determinado nivel, la calderilla vale más que los billetes grandes por sus facilidades para la compraventa. Los autores presentan una gran panorámica que va desde la Edad Media hasta mediados del siglo XIX, con un notable capítulo sobre la inflación del vellón en la Castilla del siglo XVII. Muestran como poco a poco pensadores y ministros fueron descubriendo la “ley de la calderilla”: son dos las condiciones para que la calderilla no falte: que esa moneda fraccionaria tenga un valor intrínseco mucho menor que el facial (menor que la moneda grande), y que no se emita tanta cantidad de ella que contribuya a desatar una inflación.

Me han dicho que Sargent está ahora escribiendo la historia fiscal de EEUU. Después dicen que la teoría económica no vale para nada.

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