Artículos de opinión

¿Es mínimo el salario mínimo?

Francisco Cabrillo
Expansión , 10 de junio de 2013

Cuando, hace algunos días, escuchaba los comentarios de políticos, empresarios y sindicalistas a la sugerencia del Banco de España de permitir que se firmen contratos con remuneración inferior al salario mínimo a personas que tienen graves problemas para encontrar un empleo, recordé que uno de mis primeros artículos en la prensa económica, hace ya muchos años, trataba de esta misma cuestión. No es sorprendente. Las altas tasas de paro son, por desgracia, muy frecuentes en la economía española; y los niveles de desempleo de los jóvenes y los grupos de menor nivel profesional son significativamente más elevados que los que registra el conjunto de la población activa. Esto permite suponer, a cualquiera que conozca mínimamente el problema, que la regulación de nuestro mercado de trabajo tiene algo que ver con tan lamentable situación; y que obligar a las empresas a pagar sueldos que están por encima del valor que los empleados potenciales aportarían a la empresa tiene una consecuencia clara: los empresarios no van a contratar a las personas que se encuentren en esta situación. En pocas palabras, un salario mínimo de valor superior a la aportación productiva de un trabajador concreto, deja a éste en el paro.

La idea clave es que el salario mínimo no afecta por igual a todos los que forman la población activa de un país; y que quienes resultan más perjudicados por su existencia son precisamente aquellos a los que la regulación intenta proteger; es decir, los menos cualificados, entre los que ocupan un lugar importante los jóvenes sin experiencia laboral. Por eso es un error analizar los efectos del salario mínimo fijándose en aquellas personas que lo reciben como compensación a su actividad y deducir del número de éstas su relevancia en nuestra economía. En un mercado competitivo, tales personas obtendrían, seguramente, una remuneración similar. Donde hay que observar los efectos del salario mínimo es, en cambio, en aquellos trabajadores que no lo cobran; y no lo cobran porque están en paro.

Efectos negativos

Se ha dicho con frecuencia que el salario mínimo en España es bajo; que su objetivo es evitar que haya gente por debajo de determinados niveles de renta; y que con 645 euros al mes –el actual salario mínimo en nuestro país– no resulta fácil llevar una vida digna. Esto, sin duda, es cierto; pero no debería olvidarse que más difícil aún es llevar una vida digna si uno está desempleado y no cobra nada. En los años anteriores al estallido de la crisis, mucha gente defendía que el salario mínimo debería crecer de forma significativa y que esto no tendría efectos negativos para la economía española. Recuerdo que, allá por el año 2008, cuando el salario mínimo estaba en 600 euros al mes y la economía española avanzaba con paso firme hacia el precipicio, Rodríguez Zapatero, en una de sus pintorescas intervenciones públicas, dijo “Podemos subir el salario mínimo a 800 euros, como hemos prometido”. Y yo, modestamente, le contesté en las páginas de este mismo periódico que tal cosa era cierta, que el Gobierno podía subir el salario mínimo a 800, a 1.000 ó, ¿por qué no?, a 1.200 euros al mes. Que, al fin y al cabo, quien redacta el Boletín Oficial del Estado puede hacer esto y mucho más. Pero añadía, a continuación, que lo que un Gobierno no puede hacer es controlar los efectos de su propia demagogia. El mercado –es decir, las empresas y los consumidores– se encarga de hacerle ver las consecuencias de sus actos.

Hablar de que un salario es demasiado alto o demasiado bajo per se tiene, en realidad, poco sentido para un economista. No existen los salarios altos o bajos al margen de lo que el empleado aporta a su empresa. Por ello la idea de uno de nuestros más conocidos sindicalistas de que “siempre que alguien propone un contrato asociado a un salario de 400 ó 500 euros hay detrás sueldos que superan con mucho la media” tiene muy poco sentido y es por completo irrelevante para este debate. Si alguien tiene un empleo bien remunerado en el sector privado es, por una parte, porque a la empresa le interesa pagarle la cantidad que cobra y, por otra, porque el empleado no tiene una alternativa mejor, considerando tanto los aspectos monetarios como los no monetarios de su puesto de trabajo. Si, por el contrario, un empresario no quiere contratar a un trabajador que pide cobrar sólo el salario mínimo, es, simplemente, porque no le compensa tenerlo en plantilla. Y solamente le dará un puesto cuando el valor de su producción sea, al menos, igual, al coste que a la empresa le supone emplearlo.

Nos guste o no, así funciona el mercado de trabajo. Es posible, sin embargo, que los sueldos de los dirigentes sindicales se fijen de una forma diferente. Pero esto es tema para otro artículo.

Un salario superior a la aportación productiva de un trabajador concreto deja a éste en el paro.

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