Diego Paños
Abogado
Retomando la ciudadanía
El cuadro del barómetro del CIS mide la confianza de la población en el sistema Gobierno/Oposición. Pueden ver el informe completo clickando aquí.
No soy un experto en estos cuadros, pero me parece indiscutible que si el Gobierno (en rojo) lo está haciendo mal, la oposición (en verde) no lo está haciendo mucho mejor. Puede ser la famosa cocina del Cis, claro. Pero si como hipótesis de trabajo los damos por buenos, entonces la pregunta es aún más apremiante: ¿Qué está pasando aquí, para que los ciudadanos suspendan al gobierno/oposición, (la nota de sus líderes es también penosa) y sin embargo, todos atribuyan no menos de 116 escaños al PSOE y por descontado, mayoría absoluta al PP?
En una democracia, los ciudadanos son el cuerpo social del que emana la soberanía. Tienen por tanto el poder en sus manos. Declinarían su mando si dejaran enteramente las decisiones en las manos de sus políticos, exactamente igual que los reyes que se dedicaban a sus “hobbies” mientras sus “validos” administraban el reino.
La ciudadanía es un derecho esencial -un derecho de naturaleza política- cuya pervivencia en ultima instancia no tiene otra defensa que la firme voluntad de que los ciudadanos no renuncien a tener y tomar la palabra, la primera y la última palabra.
Esa es la rama que sujeta el nido de la libertad, cuyos polluelos somos nosotros y nuestras frágiles existencias.
Pues bien: depende de nosotros mantener intacta la rama. De nadie mas. Y en nuestras modestas manos defenderla del Poder que, como un viento podereoso, quiere quebrarla para usarla como escoba. Pero esa rama está gravemente dañada. No se puede entender de otra forma cuando los sondeos del CIS nos dicen que el 80/90% del electorado esta considera mala o muy mala la actitud del PP y del PSOE respectivamente, (vease el gráfico de arriba) y sin embargo, les va a votar.
Los ciudadanos de un estado de derecho nos distinguimos de los habitantes de otros países porque tenemos derechos políticos. Tenemos el poder de elegir a quienes nos gobiernan. Podemos elegirlos y por tanto -recuerden- podemos NO elegirlos. Podemos despedirlos si no lo han hecho bien o si no nos gusta lo que nos proponen. Porque lo esencial no es votar, sino elegir. Si uno vota movido por sus pasiones (odios o amores viscerales, como quien es del Barça o del Madrid C.F.), entonces vota pasivamente, porque no elige él: decide su pertenencia a un grupo, decide un sentimiento, acaso fuera de su control, acaso ciego a necesidades y conveniencias que solo la razón puede hacernos ver.
El que considera las cosas racionalmente, conoce las propuestas y el pasado de unos y otros, y busca lo mejor que hay para darle una confianza temporal; ese está eligiendo. Ese es libre. Libre no quiere decir infalible, ni perfecto, ni que no pueda arrepentirse del voto. Ciertamente se le puede engañar, pero será dificil engañarle dos veces.
No dudéis, pese a las alarmas de la crisis, de que el poder totalitario no vendrá con ruido ni estrepitosamente a acabar con nuestras libertades. Lo ha hecho suavemente, asegurándonos que lo hace por nosotros, para aliviar nuestra angustia y solucionar nuestros problemas, mientras nos pone más cerveza en la copa y fútbol en alta definición en la TV.












A mi modo de ver, el comportamiento electoral de los españoles es el resultado de su déficit de formación democrática.
Recién salidos de una dictadura, el subconsciente de los ciudadano ha sustituido al dictador unipersonal por el Parlamento, que se elige y se renueva, pero que gobierna también según su voluntad sin dar explicaciones ni arrostrar consecuencias.
En España limitamos el concepto de democracia a la fórmula para la configuración del Parlamento. Y aquí se acaba. Se ha perdido -si alguna vez la hubo- la forma de gobierno democrático: atendiendo a mayorías y minorías, buscando consensos. Y, lo que es más grave, los ciudadanos estamos convencidos de que nuestra única forma de participación política se limita a los comicios. De ahí tanta indignación pues se obvia una acción ciudadana continua de control y exigencia a las administraciones.