The Economist
Marzo de 2011
Domando al Leviatán
Síntesis del informe de ‘The Economist’ sobre el futuro del Estado
1. El Estado es demasiado grande, ineficiente y en quiebra. No debería ser así
La relación entre el gobierno y la sociedad civil debería ser de colaboración. El Estado debe crear el entorno adecuado para que las empresas y organizaciones benéficas tomen las riendas de lo que hasta ahora se encargaba el gobierno. “La conclusión es que estamos pasando de un Estado grande a uno pequeño y de una sociedad pequeña a una grande”, afirma John Micklethwait.
Ma Homg ganó el año pasado el premio nacional de innovación gubernamental al intentar que más ONGs se encarguen de servicios como educación, sanidad o bienestar en la ciudad de Shenzhen (China). El dragón asiático siguió el ejemplo de Singapur y Hong Kong, donde el 90% de los servicios sociales los realizan las ONGs y son pagados por el Estado.
¿Para qué sirve el Estado?
Es muy probable que el debate sobre el futuro del Estado esté en la agenda política de la próxima década. ¿Cómo puede un gobierno ser más eficiente? ¿Cuáles son las competencias del Estado? ¿Qué es lo que debería hacer y qué no debería?
Hasta ahora el Estado ha ido muy por detrás del sector privado, pero para reducir esa distancia no se trata solo de mejorar la productividad sino también de respetar un principio liberal: demasiadas veces una institución que supuestamente tiene que estar al servicio de la sociedad se ha convertido en su dueño.
No obstante no es una tarea fácil: los intereses que se oponen a dicho cambio son muy grandes. Habrá que trabajar duro para mantener el tamaño del Estado a su nivel actual y no aumentarlo.
El Estado siempre ha tenido la tendencia de engordar
En 1888 el economista francés Pierre Paul Leroy- Beaulieu calculó que un 12-13% del PIB era el límite sostenible para un Estado moderno. En 1960 ese límite se elevó al 28%. Y los siguientes 25 años trajeron otro aumento debido a las transferencias y pagos a los pobres, pero también a la clase media.
En los años 90 muchos pensaban que el capitalismo iba a parar el crecimiento del Estado; esa fue la década en la que Bill Clinton y otros declararon el fin del Estado grande. Mientras que para la Europa Continental el tamaño del Estado en la economía era ya muy elevado y no creció. Por el contrario, sí aumentó considerablemente en Estados Unidos (con Bush) y Reino Unido.
No obstante, el gasto público no es la única forma de medir el poder del Estado. Un cuerpo regulatorio grande puede ser igual de costoso para una economía que un Estado con un presupuesto elevado. Durante los mandatos de Bush, cada año la legislación federal aumentaba en unas 1.000 páginas.
El papel del Estado sobre el sector empresarial también ha cambiado. Si en los años 90 la privatización era la solución, ahora muchos bancos son controlados por el Estado, mientras que las empresas públicas de los países emergentes surgen como campeones industriales.
La próxima batalla
Tanto en EEUU como en el Reino Unido o Alemania, el sector privado está reaccionando contra el aumento del Estado y de los beneficios de los que goza el sector público a cargo de sus impuestos. No obstante, todo esto no será suficiente para reducir el tamaño del Estado. En el Reino Unido, probablemente se logre volver al tamaño del Estado del año 2008, mientras que los republicanos estadounidenses no han recortado ni los gastos de defensa ni los programas como Medicare, Medicaid o la Seguridad Social.
Hay muchas teorías económicas que también estiman que el tamaño del estado seguirá aumentando, desde que Adolph Wagner relacionó su crecimiento con la industrialización del siglo XIX. El envejecimiento de la población hace que se necesiten más servicios sanitarios. Y mejorar el sistema educativo significa aumentar el número de años de estudio, reducir el número de alumnos por clase o aumentar las actividades extraescolares. Es decir, más gasto.
Sin embargo, esto no significa que es inevitable que el gasto público aumente. Canadá o Suecia han sido capaces de reducirlo cuando ha sido necesario. Además, algunos gobiernos son más eficientes que otros y se puede aumentar la eficiencia copiando las buenas prácticas de los gobiernos más prácticos.
Este informe se basa en la reorganización y las reformas del sector público, así como en la reducción del gasto público a través de las transferencias sociales (prestaciones inicialmente dirigidas a los pobres que han pasado a ser privilegios de la clase media).
Razones para el cambio
A nivel personal, como observa Geoff Mulgan, el bienestar de una persona depende más de la calidad del Estado en el que vive que de los recursos naturales, la cultura o religión.
Para la actividad económica, el Estado puede marcar una gran diferencia. Si éste representa la mitad de la economía de un país, cualquier mejora en su funcionamiento crea mejores condiciones de crecimiento. Aunque el gobierno cueste lo mismo, al producir más (trabajadores mejor formados, un sistema sanitario decente, carreteras sin baches, una regulación más sencilla) tendrá un importante efecto sobre la productividad del sector privado.
Para la sociedad el debate sobre el Estado es importante, ya que se está cuestionando el liberalismo. El reto para las democracias occidentales se presenta siempre como uno que tiene que ver con la transparencia y la buena gestión. En realidad el actual reto es la eficiencia.
2. California reelin’
El artículo extrae algunas lecciones de la decadencia económica del Estado de California, trasladable en muchos aspectos al resto de Occidente. The Economist destaca:
a. Estructura caótica del gobierno. Al igual que en Europa y el mundo occidental, la telaraña de competencias entre instituciones (Unión, Estado de California, ayuntamientos) atrapa a políticos y ciudadanos, haciendo casi imposible el gobierno de las regiones y exigirles rendir cuentas.
b. Sistema caducado. En 1879 se reorganizó el Estado, cuando la población apenas alcanzaba el millón de personas. Ahora sobrepasa los 37 millones, y la estructura no ha cambiado. ¿Por qué Dakota del Norte tiene el mismo peso en el Senado que California, cuya población es 57 veces más grande?
c. Demasiado poder para intereses personales. Las elites gobernantes se han dado cuenta de que es más eficaz trabajar a través de lobbies que invertir en la comunidad para alcanzar sus intereses.
d. Cada vez más normas e impuestos. California tiene el cuarto gobierno más grande de Estados Unidos, con un gasto estatal y local que supone el 18,3% de su PIB. En cuanto a impuestos, se sitúa en el puesto 45 de 50, con un gravamen sobre las rentas muy dañino. Es necesario reformar los impuestos en Occidente (el manual de impuestos de Estados Unidos ha pasado de 1,4 millones de palabras en 2001 a 3,8 en 2010. Y las haciendas en Europa, a excepción de Estonia, se han vuelto más complicadas). Muchos economistas creen que los impuestos deberían orientarse al consumo y alejarse de las rentas y de la inversión.
e. Maniobras políticas. El objetivo es asegurar el máximo número de escaños. A nivel nacional, se observa tanto en Estados Unidos como en Europa un diálogo de sordos: los conservadores quieren reducir el Estado (lo general) pero no quieren entrar a los impopulares detalles de por dónde recortar (lo particular), mientras que la izquierda busca fomentar ciertos programas pero no quiere hablar del coste global de la factura.
f. No está claro que quienes más provecho obtienen del Estado de Bienestar sean los pobres. Quienes más se benefician son las clases medias y la gente mayor, porque ahí es donde se deciden las elecciones. El 13% de la población americana es mayor de 65 años, pero supuso 1/5 del electorado en 2010. Estos colectivos son los más beneficiados de las brechas en los impuestos. En Europa sucede lo mismo, sólo que esas rupturas se manifiestan en billetes de autobús gratis para los jubilados.
g. La escisión de la gente de éxito. Ante este panorama, la única relación de la gente de éxito con el Estado es pagar impuestos, y se separan más los entes sociales. ¿Qué filantropía van a querer hacer los ricos de Wall Street en el Bronx con un sistema que les castiga tanto?
h. La culpa es de los propios ciudadanos, que quieren más y más de su gobierno, y que no dejan de aprobar normas exigiéndole cosas. En 2003 los californianos votaron a Schwarzenegger, y en 2005 le retiraron su apoyo cuando quiso acometer reformas.
3. Enemigos del progreso
Las principales barreras a las reformas en el sector público son los sindicatos
En 1960, tan sólo uno de cada 10 trabajadores del Gobierno americano estaba afiliado a un sindicato. Hoy lo está el 36%. En 2009 el número de sindicalistas en el sector público sobrepasó al del privado. Y en el Reino Unido más de la mitad de los empleados públicos pertenecen a un sindicato (en torno al 15% en el sector privado).
La gran influencia que estos colectivos ejercen se explica por tres motivos. En primer lugar, pueden parar la producción cuando quieran sin que haya demasiadas consecuencias. En segundo, la mayoría ha recibido una buena educación, y algunos incluso aparecen en televisión como expertos en salud y otras áreas, lo que hace más difícil negociar con ellos. Y, en tercer lugar, dominan el espacio político del centroizquierda. El actual líder del Partido Laborista en el Reino Unido debe su puesto a los sindicatos, en España a Zapatero le gusta blandir su carné de sindicalista y en América uno de cada 10 delegados en la Convención Demócrata de 2008 era profesor.
Pero este poder va más allá en el ámbito regional americano, donde la mayoría del presupuesto de los estados está controlado por los sindicatos (de profesores, de prisiones, del sistema sanitario…). Fueron éstos los que impidieron las reformas propuestas por 2005 en California.
En muchos países los salarios medios de los empleados del sector público son superiores a los del privado. Pero más que a través de los sueldos, estos beneficios se han traducido vía jubilaciones, vacaciones y otros privilegios. Los alemanes descubrieron horrorizados cómo el paquete de rescate a Grecia permitió que los funcionarios se pudieran retirar antes de los 60 con casi el 100% de su paga.
La cultura de la igualdad en Occidente ha propiciado que muchas personas alcancen un buen puesto de trabajo en los servicios públicos y que no se les pueda despedir, pero es mala para los grandes emprendedores y la gente que quiere conseguir las cosas por sí misma. Un sistema que no premie a éstos últimos se convertirá en un grave problema para América, concluye el artículo.
4. Singapur, ejemplo de un Estado eficaz
Según The Economist, la gran ventaja competitiva de Singapur es tener un gobierno bueno, barato y que ofrezca servicios públicos de máxima calidad, mientras que su aparato estatal únicamente consume el 19% del PIB. Además, resulta atractivo para la inversión extranjera, ya que garantiza el derecho de propiedad, con instituciones que otorgan gran seguridad jurídica e impuestos bajos (el impuesto de sociedades es del 17%).
En Singapur el gobierno hace que los ciudadanos paguen por servicios públicos y que sólo sean gratuitos para los pobres. Para ello, los trabajadores contribuyen con una quinta parte de su salario, más el 15,5% por cuenta del empleador, a un fondo de ahorro que luego podrán usar para cubrir su retiro, sus gastos médicos o compra de casa, una vez que lleguen a un cierto nivel de ahorro.
Lee Hsien Loong, su primer ministro, se muestra contrario a los sistemas de beneficencia universal. Asegura que “lo gratis es consumido vorazmente”, y que “una vez que estableces un subsidio, es casi imposible quitarlo”.
La carrera funcionarial es sumamente selecta. Algunos de sus miembros ganan hasta 2 millones de dólares al año y están formados en universidades de élite. El sistema es meritocrático. Los profesores de instituto necesitan haber terminado entre los primeros de su clase.
5. A veces las mejores ideas para los gobiernos son las más sencillas
Heliópolis, a pesar de ser uno de los barrios más pobres de São Paulo (Brasil) está ocupado por personas honradas aunque no paguen impuestos. Los habitantes suelen ser beneficiarios del programa de transferencias de dinero en efectivo llamado Bolsa Familia. Las transferencias están condicionadas a la escolarización de los niños y a controles sanitarios periódicos. Una familia puede tener derecho a recibir entre 40 y 68$ al mes, dependiendo del número de hijos.
Aunque el dinero de esas transferencias se gaste en pequeños antojos, es suficiente para marcar la diferencia. Este programa llega a 13 millones de familias (uno de cada cuatro hogares), con un efecto importante sobre la reducción de la pobreza y la desigualdad. De hecho, desde 2001 el 17% de la reducción de la desigualdad puede atribuirse a Bolsa familia.
Las pensiones y las prestaciones sociales tienen un efecto parecido pero a un coste mucho más elevado. El coste de esta medida es de tan sólo el 0,4% del PIB y es el paradigma de la eficiencia comparado con el resto del estado de Brasil que, a pesar de tener el tamaño de los países del primer mundo (el gasto público supuso el 40,9% del PIB en 2008), ofrece servicios tercermundistas. La culpa la tienen principalmente los privilegios de los sindicatos del sector público.
La presidenta Rousseff ha prometido reformar el sistema pero la mitad de los funcionarios públicos son miembros de su partido.
6. Un trabajo en marcha
El gobierno de China no es tan impresionante como muchos occidentales creen
En Davos están de acuerdo en que el Estado chino es más eficiente que Washington o Bruselas. “Pekín consigue que se hagan las cosas”, explica un ejecutivo estadounidense. Se escuchan historias acerca de contratos que se firman rápido, carreteras que se construyen inmediatamente o brillantes diseñadores jóvenes de coches o software.
China ha sido el país que más ha incrementado su riqueza en los últimos 30 años y cientos de millones de ciudadanos se están transformando en clase media. Se ha propagado el mito de la eficacia del Estado pero, después de todo, no es complicado que una dictadura construya carreteras más deprisa que una democracia. Las multinacionales y las clases educadas se dirigen hacia el modelo de Singapur, pero también hay muchas fuerzas empujando en la dirección contraria.
China es el país del momento en educación, ya que Shanghai es de las mejores ciudades en matemáticas, ciencias y lectura según el informe PISA. Muchos hablan de China como la fuerza más pujante en universidades, que se han duplicado en una década, mientras que el número de estudiantes ha pasado de 1 millón en 1997 a 5 millones en la actualidad.
Pero no es oro todo lo que reluce: estas universidades están copadas por la clase media, mientras que los más pobres no tienen acceso; y las escuelas chinas no son todas tan buenas como el milagro de Shanghai. Desde 1993, el Gobierno se ha fijado un objetivo del 4% del PIB para gasto en educación, pero en 2006 se situaba todavía en el 2% y recientemente se ha pospuesto hasta 2012. A pesar de los buenos propósitos, en muchos lugares no cuentan con un profesor a jornada completa y muchos niños pobres no reciben educación de ninguna clase.
El mejor ejemplo lo proporciona la ciudad de Shenzhen, donde hay 14 millones de habitantes pero sólo 2,5 figuran como residentes. El resto no disfrutan de educación, sanidad o pensiones públicas. Aunque en teoría es posible cambiar el lugar de residencia, es un proceso diabólicamente complicado y muchos renuncian.
Mucha gente está descontenta con la calidad de los servicios públicos. En 2005, Yang Jianchang, un supervisor gubernamental, abrió una oficina personal. Recibió muchas quejas sobre el Gobierno y, en sólo cinco años, ha dirigido 3.000 casos contra él. También ha recibido amenazas, pero muchos de los burócratas a los que ha perseguido (por ejemplo, por vender comida en mal estado) han acabado en la cárcel.
El Estado chino está muy burocratizado. Es fácil para el presidente de una multinacional ver a un alto cargo, pero un ciudadano tiene que luchar mucho para conseguir unos minutos con un funcionario de bajo nivel y los sátrapas locales no son más responsables que Pekín. En consecuencia, reaccionan muy lentamente a temas como la propagación del Síndrome Respiratorio Agudo Severo y otros asuntos más locales. Para los tecnócratas más jóvenes, el futuro a medio plazo de China asusta, como resultado de la política de un solo hijo. La sociedad es más rica y, como en Corea del Sur o Taiwán cuando emergieron, demanda mayor libertad y mejores servicios.
Durante una visita oficial a Shenzhen, el primer ministro, Wen Jiabao, advirtió de que si no hay garantía de reforma política, será imposible lograr la modernización. Para los estándares chinos, esta ciudad tiene un gobierno pequeño que ha eliminado un tercio de los departamentos públicos y empleos vitalicios, y trata de subcontratar trabajo a las ONGs (que ven a esta región como su El Dorado). Los carteles de la ciudad proclaman: “Sociedad Civil: crezcamos juntos”).
Pero las reformas discurren a un ritmo lento. A pesar de que algunos departamentos han sido fusionados, los principales burócratas han conservado sus puestos, y esto ha llevado a una proliferación de subdirectores (lo que hace todavía más difícil negociar con Pekín).
Existe además un problema cultural profundo. Muchos reformistas quieren devolver el poder al pueblo, algo complicado de aceptar para el gobierno. Y son recelosos de las ONGs, ya que en Hong Kong hacen mucho trabajo del Estado, pero su sociedad civil se basa en la religión. De hecho, se han frenado iniciativas sociales de parroquias católicas por miedo al proselitismo.
China aspira a imitar la eficiencia de Singapur y Hong Kong, pero tiene miedo de un Estado pequeño. Sin embargo, la presión desde abajo no desaparecerá, gracias en parte a que ahora los errores del Estado se comentan en Internet (aunque no se citen los nombres de los partidos). Finalmente, Pekín deberá abrazar las reformas gubernamentales con el mismo gusto con que acometió las económicas de Deng.
7. El sistema sanitario en Estados Unidos
McKinsey apunta que el gasto sanitario en EEUU ha crecido a un ritmo anual del 4,9% durante los últimos 40 años, mientras que el PIB per cápita sólo se ha elevado en tasas del 2,1%. John Oldham es pesimista a largo plazo, porque gran parte de los costes están ligados a diabetes, enfermedades cardiacas y pulmonares y obesidad, que tienen mucho que ver con la dieta y el estilo de vida.
En Estados Unidos, los costes sanitarios se elevan al 16% del PIB y, según las proyecciones, alcanzaría el 100% en 2065. Según Oldham, la generación del Facebook viviría menos que sus padres, entre otras razones porque fuman más, beben más y se alimentan peor, con mucha comida rápida y sal. Esto, además, puede reducir la productividad, por lo que podría ser necesario penalizarlo con más impuestos.
La tecnología ha avanzado hasta el punto de que cada paciente puede llevar su propio control sobre el colesterol o la presión sanguínea y un ordenador les explica las medidas que tienen que tomar. Esta puede ser una opción muy buena, porque lo más caro son las visitas a urgencias.
8. Productividad e innovación en el sector público
El Asia emergente puede enseñar mucho a Occidente sobre gobernanza
En las últimas décadas la productividad del sector público ha mejorado debido a los avances tecnológicos, aunque siempre ha ido por detrás del sector privado en los cambios. Los más pesimistas advierten de que algunas áreas de servicios, como enfermería, son inmunes a los avances técnicos. Por otra parte, los gobiernos no hacen reformas hasta que están al borde de la bancarrota. Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York, señala que “en los negocios, un buen balance trae dinero pero en el gobierno una mala gestión tiene los más fieros defensores”.
¿Podría ser distinto esta vez? La razón más inmediata es que el Estado ya está muy hinchado y el adelgazamiento es posible. Los quejidos que se escuchan a través de Europa ignoran que Suecia y Canadá pudieron reducir fácilmente sus sectores públicos, que únicamente es necesario volver a niveles de hace 3 ó 4 años y que estos recortes son mínimos para los estándares empresariales. Frente a un político que presumía de haber reducido sus costes un 5%, un empresario le espetó que él los había recortado a la mitad.
Hay muchas posibilidades de rebajar el gasto, como eliminar subsidios industriales y agrarios. Las pensiones de los empleados públicos tendrían que cambiar desde un fijo a cobrar a una contribución definida y también habría que elevar la edad de su jubilación. Cuando Bismarck introdujo el primer sistema de pensiones del mundo, estableció la edad de jubilación a los 70 años, 25 por encima de la esperanza de vida. Ahora la situación es la contraria, ya que en los países de la OCDE ésta se prolonga hasta los 79. “El mundo moderno se caracteriza por la elección, y el Estado no debería darnos una sola opción en esta materia”, defiende Tony Blair. Para Blair, la clave radica en que el Estado se descomponga en pequeñas unidades más innovadoras.
En muchos países, el Estado quiere ocuparse de todo. Aunque el consenso de Washington exporta la idea contraria al resto del mundo, Estados Unidos tiene sus propios ferrocarriles, puertos y sistemas de abastecimiento de agua y dispone de menos escuelas con ánimo de lucro que Suecia. La diferencia de costes entre ambos sistemas públicos es asombrosa: Suecia gasta menos de la mitad que EEUU en Sanidad y la esperanza de vida es mayor. Según McKinsey, en algunos países occidentales el coste de un curso universitario supera la media en un 30%.
Proporcionar estadísticas también puede mejorar la productividad por la vergüenza de salir en las últimas posiciones del ranking, además de incentivar que se reduzcan las diferencias.
Algunos opinan que el cambio viene de la información, igual que los padres estadounidenses dejarán de aceptar las excusas de los sindicatos de profesores cuando descubran que la educación en otros países es mejor y más barata. Pocos políticos opinan que haya que eliminar los ránkings de escuelas en Estados Unidos, aunque la medida fue muy criticada por los sindicatos, porque la competencia estimula la eficiencia.
Las nuevas apuestas en innovación vienen de los mercados emergentes. Sirva como ejemplo La India, que ha abaratado las operaciones de corazón con enormes hospitales que pueden aprovecharse de las economías de escala.
La web también sirve para mejorar la eficiencia del sector público, con páginas como fixmystreet.org en Reino Unido. Además, pequeñas regiones como el Distrito de Columbia han sido pioneras en facilitar los trámites a través de Internet.
9. Una gran sociedad
Ideas radicales desde una antigua isla pasada de moda
La coalición liderada por Cameron en el Reino Unido está persiguiendo uno de los cambios más atrevidos del primer mundo. Las razones para llamarlos atrevidos son el recorte tan drástico del gasto público (algunos departamentos han perdido el 25% de su presupuesto) y el cambio en la estructura del Estado.
No obstante, por razones políticas no han recortado el gasto del sistema sanitario aunque es probablemente donde más derroche de dinero público hay.
Las reformas estructurales, en cambio, se esconden bajo el eslogan de una “Sociedad grande/ poderosa” que combina la pluralidad, el voluntariado y la localización.
Para promover el pluralismo se pretende externalizar la mayor parte de los servicios públicos. El sistema educativo se ha orientado hacia el modelo sueco, donde los padres pueden crear sus propias escuelas. Se pretende que haya el mayor número posible de servicios sociales externalizados y financiados en función de sus resultados. Además, en el sistema sanitario se ha descentralizado el gasto hacia grupos de médicos generalistas que podrán comprar servicios tanto a los hospitales públicos como privados.
Dejar que los padres gestionen las escuelas y que los médicos generalistas sean los responsables, también encaja con el principio de la localización. Se pretende también que cada vez más ciudades elijan a sus alcaldes y jefes de policía. La localización junto con el pluralismo supone un golpe importante al Estado centralizado.
No obstante, la desconfianza existente sobre los gobiernos locales así como dejar en manos de las asociaciones locales las escuelas, tiene el riesgo de que se repita lo que pasó en EEUU, donde han sido absorbidas por los sindicatos de profesores.
El voluntariado es probablemente la parte más difícil, aunque sobre el papel parezca una idea genial. En la práctica, aunque resulte atractivo gestionar una biblioteca local, la mayoría de las personas no dispondrán del tiempo y conocimiento necesarios, y con los recortes tampoco del dinero que se requiere para llevarlo a cabo.
Una sociedad grande no es la única forma a través de la cual se pretende reducir la demanda de servicios públicos. Con las reformas del sistema social, se pretende que los pobres dejen de ser dependientes del Estado. Muchos de los gastos sociales se podrían evitar creando puestos de trabajo, fortaleciendo las familias y reduciendo los embarazos en adolescentes.
También se quiere reducir el coste de la regulación, que en el Reino Unido alcanza alrededor del 10-12% del PIB. Se ha implementado un esquema a través del cual cada nueva norma tiene que suponer una reducción neta de la regulación. Pero no toda la regulación depende del Reino Unido ya que en el periodo 1998-2010 dos tercios provenía de la UE.
La implementación es crucial: la sociedad no aceptará unas reformas que no sean equitativas y efectivas. En breve todos los estados occidentales deberán hacer algo parecido, incluido EEUU, debido a su situación fiscal. Tarde o temprano los gastos se deben ajustar a los ingresos y para ello es necesario decir qué se deja de lado y qué se queda.
10. Aprovecha el momento
Las perspectivas de reformar el Estado han mejorado, pero será un camino largo y difícil
Lo que comenzó como un Estado “normativo”, diseñado para corregir los fallos del mercado y ayudar a los pobres, ha crecido de forma inmensa hasta convertirse en reditribuidor de la riqueza y creador de bienes públicos universales, engullidos sobre todo por la clase media.
Sin embargo, la presión política que ejerce el creciente déficit público hará que se dé marcha atrás e incluso el tamaño del Estado se convierta en el tema principal de las próximas elecciones presidenciales.
Un Estado grande puede ayudar a reducir las desigualdades y la pobreza, pero la experiencia demuestra que los gobiernos “gargantúa” se convierten en obstáculo del progreso social. Y un Estado que asume más de la mitad de la economía de un país comienza a ofrecer cada vez peores prestaciones para la clase media: las oportunidades cada vez se hacen más difíciles de encontrar y los costes son cada vez más evidentes.
Mucha gente quiere vivir de forma “californiana”, es decir, pensando que cada vez tienen que disfrutar de más servicios gratis. Pero según la tecnología y las redes sociales están haciendo más transparente la Administración, la gente se está dando cuenta del coste real de las cosas y de su gobierno.
No se puede adivinar cuándo llegará la revolución contra el Estado, pero sí que tendrá tres fases. La primera, en la que se concentra este informe, podría describirse como buena gestión. Replicar lo que otros estados hacen bien puede ahorrar a los países mucho dinero. La dirección es clara: reducir el tamaño del Estado a base de comprar los servicios a muchos proveedores.
En cualquier caso, el mejor laboratorio de ideas es el ámbito local: las ciudades. Poco a poco se pueden ir introduciendo cambios. Recuérdese el trabajo de alcaldes como Rudolph Giuliani, que acabó con el crimen en Nueva York. Habrá que ver qué sucede con las reformas emprendidas por Cameron en el Reino Unido. Si tiene éxito, habrá conseguido ofrecer los mismos servicios pero consumiendo el 40% del PIB (10 puntos menos que ahora).
Podría llegarse más lejos? El segundo estadio es más difícil: limitar el alcance de esos servicios, especialmente de las prestaciones universales a las que muchos votantes occidentales acceden. De no hacerse, el Estado continuará creciendo según su población envejezca (las pensiones del Estado continúan aumentando).
Convencer a la clase media de que renuncie a los beneficios que no necesita será muy difícil. Una solución puede ser darles más control sobre sus propias prestaciones, quizá estableciendo sistemas individuales de capitalización de las pensiones (como hace el Central Provident Fund de Singapur). Simplificar los impuestos ayudaría.
La fase final sería desenmarañar la red de reglas, menos polémica a priori por cuanto que todo el mundo está de acuerdo en que hay un exceso de regulación. Pero sería la más complicada de llevar a cabo. En este sentido, iniciativas como poner fecha de caducidad a las leyes podría ayudar.
Es fácil señalar los beneficios para la productividad, eficiencia y libertad personal que devendrían de un gobierno más ligero, pero difícil de llevar a cabo. Los estados no existen sólo para conducir a nuestras sociedades al logro de sus objetivos, deben también dotar a la gente de libertades para vivir sus vidas. Es el momento de dar marcha atrás al proceso que se dio durante el siglo pasado de aumentar el tamaño del Estado. Nada añadiría más a la cuenta de la felicidad de las personas en Occidente que un Estado más pequeño y mejor.











0 comentarios
Trackbacks/Pingbacks