El Imperio del Sol poniente

Japón ha vivido paralizado durante los últimos veinte años. Los contínuos planes de estímulos no han servido para reactivar su economía mientras que la deuda pública se precipita por encima del 200%. Su única baza eran las exportaciones, pero el desastre de Fukushima las hace peligrar.

El miedo se ha apoderado de tercera potencia mundial. Si durante de la crisis era la potencia que mejor había reaccionado (crecimiento del 3,9% en 2010) aupada por la exportación de bienes de equipo y productos relativamente baratos, ahora la industria está en vías de extinción. “Estamos asistiendo al traslado de numerosas fábricas fuera del país”, afirma el profesor de la Universidad de Tokio Takatoshi Ito. El declive del nivel de vida de los japoneses se inició hace dos décadas como resultado del estallido de las burbujas financiera e inmobiliaria. El gasto público no sirvió para frenar el deterioro de la riqueza (el PIB per cápita ha descendido un un veinte por ciento en apenas quince años), mientras que la deuda se alza por encima del 200%. Paralelamente, Japón sufría otros problemas, como una deflación persistente y una población muy envejecida que ya comienza a decrecer, pero seguía siendo una potencia exportadora. Hoy, eso se puede ir al traste.

El detonante

La catástrofe de Fukushima no ha sido la causante del declive, pero sí un detonante fundamental. En primer lugar, porque muchas empresas niponas tuvieron que suspender su producción debido a que sus proveedores se hallaban en la zona devastada. Para hablar con la elocuencia de los datos, baste decir que la producción de Toyota,  la mayor compañía de automoción del mundo, se desplomó un 62,7%. En segundo lugar, porque el tsunami no sólo afectó a la producción eléctrica en la zona devastada. Otras plantas se han visto obligadas a cerrar temporalmente para reforzar sus medidas de seguridad, haciendo que la electricidad escasee.

Grandes centros han tenido que trasladar su producción al exterior, muchos de ellos a Corea del sur. Actualmente, apenas están en funcionamiento 11 de los 54 reactores existentes en el país. Los reactores trabajan normalmente 13 meses y son paralizados durante dos o tres meses para realizarles el mantenimiento. Esto significa que en abril, si no se ha llegado a un acuerdo, el apagón nuclear será una realidad: Japón se vería obligado a importar grandes cantidades de gas natural para sustituir de forma inmediata la producción eléctrica atómica por la de termales de gas. Esto podría poner en peligro el tradicional superávit en las exportaciones, lo que a su vez dificultaría el pago de la deuda, que se nutre de los ahorros de los propios japoneses.

Sin embargo, muchos ciudadanos no quieren ni volver a oir hablar de la energía nuclear. Las continuas noticias sobre verduras, carne o arroz contaminados han desatado en la sociedad japonesa un clamor casi unánime contra ella. Una encuesta realizada por el diario Mainichi en agosto pasado revelaba que el 85% de los japoneses apoya el desmantelamiento de todos los reactores, aunque solo el 11% quiere que el cierre sea inmediato. Por lo visto, el perímetro de seguridad de treinta kilómetros no ha bastado, ya que el viento es un medio de transporte tristemente eficaz para las partículas de cesio, que han encontrado en las hojas de los árboles un buen sitio para anidar. El 30 de septiembre, las autoridades levantaron la orden de evacuación para los residentes en el perímetro de seguridad. Sin embargo, un estudio no oficial practicado entre 130 niños de la región de Fukushima reveló que algunos menores presentaban problemas hormonales relacionados con el tiroides. Los investigadores no han podido establecer todavía una relación directa entre estos trastornos y la exposición a la radiación, pero la prefectura de Fukushima ya ha puesto en marcha un programa para realizar exámenes médicos a 360.000 menores que pudieron estar sometidos a la radiación. Los chequeos se repetirán periódicamente en los próximos años, ya que las complicaciones de tiroides pueden no aparecer hasta mucho tiempo después de un accidente de estas características.

Hacia el futuro

Por toda la alarma suscitada, es probable que la anergía nuclear no se reactive el próximo año. “La economía japonesa asumiría mucho mejor el fin de la energía atómica si se hiciera de forma progresiva en un plazo de 20 años. Si ocurre en abril, tendrá un coste muy elevado para la industria, para el consumo y para el nivel de vida de la población”, afirma el profesor Takatoshi Ito. El coste de dar relevo a la energía nuclear (un 26% de la consumida en el país) ascendería a 40.000 millones de dólares, un 1% del PIB nipón. Por el momento, las importaciones de gas se han incrementado un 12,2% a lo largo de 2011 y se prevé que esta tendencia se agudice en 2012, pero el Gobierno japonés ha conseguido afrontar la situación con privatizaciones. Además, mientras el euro sufra turbulencias, el yen seguirá siendo un valor refugio (en torno a 75 dólares el cambio), lo que abaratará las importaciones. La divisa puede dar una tregua al Gobierno porque le da margen para flexibilizar la política monetaria y ayudar en la reconstrucción. Mientras, la verdadera batalla se prepara para el año que viene, cuando los japoneses tienen que tomar partido por la energía nuclear o sus alternativas y quizá no haya tantos ahorradores extranjeros que demanden su moneda.

Compartir



Escriba un comentario