“No hay almuerzo gratis”, ni ajuste fiscal indoloro
La crisis ha hecho evidentes los problemas de deuda en muchos países, pero los gastos ya se habían disparado antes. La solución pasa tanto por ajustar los presupuestos ahora como por frenar su crecimiento en los momentos de auge.
Una de las falacias más extendidas en el actual debate político y económico es que la crisis desatada en 2007 ha generado un problema de endeudamiento de las Administraciones públicas. En realidad, el problema ya existía antes, como ha afirmado el economista experto en Finanzas de la Universidad de Chicago y ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional Raghuram Rajan, para quien “la deuda pública ya estaba creciendo de forma aguda antes de la Gran Recesión” (como se conoce en Estados Unidos a la crisis de 2008-2009), por lo que no es de extrañar que ésta “la llevara a niveles casi insostenibles”.
Esa situación se debe a que, según Rajan, “los Gobiernos democráticos no tiene incentivos para llevar a cabo políticas que tengan costes en el corto plazo pero produzcan beneficios en el largo plazo, que es la pauta típica en las inversiones”. Para Rajan, es un problema de falta de liderazgo por parte de la clase política y de involucración del electorado.
Sin embargo, esta crisis ha terminado dejando entre la espada y la pared a los países desarrollados y democráticos, que no están teniendo más remedio que afrontar una dura consolidación fiscal en un momento en el que la recuperación dista de estar garantizada. De nuevo, volviendo a la tesis de Rajan, el ajuste podría haber esperado o sido más gradual si no se hubieran dilapidado los años de bonanza. Es algo que el propio economista advirtió en 2005 cuando abrió una rueda de prensa del FMI afirmando que la actitud de las principales potencias económicas con respecto a los desequilibrios mundiales repetía la frase de San Agustín: “Señor, haz que sea casto, pero todavía no”.
Pero, dejando de lado las lamentaciones, ¿cómo pueden llevarse a cabo los ajustes fiscales necesarios? La respuesta viene en un estudio del FMI publicado en septiembre: con dificultades y asumiendo un coste duro en el corto plazo. Parafraseando una frase común en Estados Unidos, y que procede precisamente de la era de la Gran Depresión, “no hay un almuerzo gratis” (“no free lunch”). Las principales conclusiones del estudio del Fondo son:
1) Las consolidaciones fiscales son ‘contraccionarias’. Es decir: reducen el crecimiento. Un ajuste del 1% del PIB recorta en promedio el crecimiento en un 0,6% y eleva la tasa de paro en un 0,5% a lo largo de dos años (estas cifras se basan en 173 ajustes fiscales en 30 años en 17 economías: Australia, Austria, España, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Finlandia, Francia, Irlanda, Italia, Alemania, Japón, Países Bajos, Portugal, Suecia, Reino Unido y EEUU);
2) El efecto en el empleo es particularmente grande entre los parados de larga duración, es decir, los que llevan más de seis meses sin puesto de trabajo;
3) No hay una transferencia clara del consumo público al privado. Es decir: cuando se recorta el primero, el segundo no sube;
4) Los ajustes fiscales por la vía del gasto han sido menos gravosos para la actividad económica que los que se han llevado a cabo aumentando los ingresos (privatizaciones y subidas de la presión fiscal). Desafortunadamente, es poco probable que ése sea el caso en la actualidad: la razón de esa divergencia era que el recorte del gasto provocaba una caída de la inflación que permitía a los bancos centrales poner en práctica políticas monetarias expansivas. En esta crisis, sin embargo, la práctica totalidad de los países desarrollados tienen tipos de interés cercanos a cero y estan incluso llevando a cabo políticas monetarias heterodoxas;
5) Estos procesos dañan a las rentas del trabajo más (con caídas del 0,9%, ajustadas a la inflación), que a los beneficios empresariales y a las rentas del capital (que disminuyen en un 0,3%).
¿Qué significa todo esto? Como dice el FMI, que “hay que tener expectativas realistas acerca de las consecuencias a corto plazo de la consolidación fiscal”. Son procesos duros para todos los países, y la mejor forma de evitarlos es, simplemente, teniendo las cuentas públicas bien saneadas en los momentos altos del ciclo.
Eso no quiere decir que no existan fórmulas creativas de consolidación. Una de ellas es la ‘devaluación fiscal’, que está siendo utilizada por Portugal, y que ya fue empleada en Alemania y en Dinamarca en 1997.
El último informe ‘Fiscal Monitor’ del FMI dedica parte de su espacio a este sistema, consistente básicamente en bajar las retenciones y subir el IVA. Al reducir las retenciones, bajan los costes laborales, con lo que es como si se produjera una devaluación, ya que se produce un shock de oferta. Al aumentar el IVA se grava el consumo, que en países como Portugal tiene un papel importante en el déficit comercial. Los resultados del sistema, sin embargo, son “modestos”, según el propio banco central portugués, y el FMI advierte, además, que cada país debe analizar cuidadosamente su estructura fiscal y su coyuntura económica antes de lanzar una iniciativa de estas características.
Referencias
Raghuram Rajan: ‘Three Paths For Indebted Democracies”. http://www.project-syndicate.org/commentary/rajan16/English
Lawrence ball y Daniel Leigh: “Painful Medicine”. IMF: Finance and Development. http://www.imf.org/external/pubs/ft/fandd/2011/09/ball.htm
IMF: Fiscal Monitor: “Fiscal Devaluation—What Is It, And Does It Work?” http://www.imf.org/external/pubs/ft/fm/2011/02/pdf/fm1102.pdf










