Artículos de opinión

El boicot y su "efecto bumerán"

Rafael Pampillón (Consejo asesor)
Expansión , 14 de noviembre de 2017

Todos los indicios apuntan a que, en este cuarto trimestre, familias y empresas están postergando decisiones de gasto, tanto de consumo como de inversión, debido a la incertidumbre económica generada por la crisis política que arrastra Cataluña desde septiembre. En consecuencia, el ritmo de actividad económica se reduce en el conjunto del territorio español, pero sobre todo en esta región, lo que obliga a revisar a la baja las previsiones de crecimiento. Así, se espera que en este cuarto trimestre el crecimiento sea menor (+0,6%) que el de la media de los tres primeros (+0,8%). Para 2018 también es previsible que el efecto Cataluña repercuta negativamente en la economía española. De hecho, el Gobierno revisó su previsión de crecimiento para el año que viene, desde el 2,6% que estimó en julio hasta el 2,3%, cifra que acaba de enviar a Bruselas.

La Fundación de las Cajas de Ahorro (Funcas) también se sumó la semana pasada a las revisiones a la baja. En concreto, estima ahora que el PIB subirá un 2,6% en 2018 frente al 2,7% que había vaticinado hace unos meses. Y lo mismo el BBVA, que prevé que, para este año, el PIB crezca un 3,1%, dos décimas por debajo de la previsión anterior, y para 2018, la recorta en tres décimas, desde el 2,8% al 2,5%.

EL PATRIOTISMO ECONÓMICO

Es evidente que todas estas revisiones a la baja tienen su causa principal en la incertidumbre, más o menos prolongada, de la situación económica de Cataluña. La región crecerá muy poco el año que viene y podría entrar en recesión si se mantiene o amplía el boicot parcial a la compra de productos catalanes por parte del resto de España. Una encuesta realizada por Reputation Institut muestra que el 23% de los españoles de fuera de Cataluña han dejado de comprar sus productos y que un 21% se lo están planteando. Los sentimientos decimonónicos de los separatistas catalanes han hecho hervir los “instintos nacionales” de muchos españoles, alguno de los cuales ha decidido (erróneamente) que el boicot a Cataluña es una postura patriótica.

¿Y qué se pretende con ello? Básicamente, perjudicar a las empresas catalanas, por el simple hecho de estar ubicadas en una parte del territorio nacional en el que existe un movimiento separatista. Comprar productos del resto de España o del mundo, en lugar de los catalanes, es un error teórico y práctico, además de una decisión irracional que, a corto plazo, tendrá un efecto bumerán para todos, ya que estanca la economía en su conjunto.

Muchas empresas se han ido de Cataluña, entre otros motivos, para evitar que se boicoteen sus productos, sobre todo en esta época del año, próxima a las fiestas navideñas, en que el consumo de ciertos bienes, especialmente alimentarios, alcanza su pico más alto.

Otro mal derivado de este patriotismo mal entendido es el enorme perjuicio que se causa a los trabajadores de cualquier escalón de la cadena de producción y distribución. Además, con el boicot se da cuartel (o la razón) a los separatistas, ya que pueden interpretar que no se compran ni consumen los productos catalanes porque, en el fondo, no los consideramos españoles, craso error. Por no hablar de que estamos permitiendo que una minoría cambie nuestros hábitos de consumo.

Por otro lado, cabe preguntarse si es capaz el resto de España de satisfacer la demanda de los productos que se dejen de comprar en Cataluña. La respuesta es negativa y, en la medida en que la demanda supere a la capacidad productiva del resto de España, habrá subidas de precios. Además, es muy probable que haya que importar algunos bienes de Francia, Portugal, Alemania, etc., lo que aumentará nuestro déficit comercial.

LA LIBERTAD DE COMERCIO

En economía no se conoce otro procedimiento para crecer y generar empleo que estimular la competencia con los demás. Esto aumentará nuestra competitividad tanto en costes como en calidad. En un contexto de Cuarta Revolución Tecnológica, en que las empresas tienden cada vez más a vincularse a las cadenas globales de suministro, no comprar productos catalanes significa también dejar de adquirir los componentes con que se fabrican, y que provienen del resto de España o del mundo.

Cataluña es un buen cliente, de ahí que al resto del país le interese que se halle fuerte, próspera y con capacidad de compra. La mayor esperanza comercial de las empresas españolas reside en que los ciudadanos seamos más ricos, para que consumamos más. Por tanto, si Cataluña se empobrece, todos iremos a peor. Existe evidencia empírica que muestra que los países con menos relaciones con el exterior (menos globalizados) tienden a ofrecer niveles de vida (rentas per cápita) mucho más bajos, a tener un mayor porcentaje de su población por debajo de la línea de pobreza y a disfrutar de menores libertades democráticas. Ello se debe a que el proteccionismo, querido desde dentro o impuesto desde fuera, genera una estructura industrial más atrasada, con mayores costes para los consumidores, que suelen ser los grandes perjudicados del aislamiento económico. Insistimos, el boicot a los productos catalanes generará una situación económica para España peor a la prevista por los servicios de estudios. Es preciso recordar, por tanto, que a la libertad de comercio le debemos gran parte de nuestra prosperidad; por tanto, la actitud más coherente es que nos preocupe más el buen funcionamiento de las empresas, el mercado y la economía, y menos de quién es la propiedad o en qué lugar geográfico están las empresas que prestan el servicio.

Tal como señalaron, hace más de 200 años, los padres de la economía, Adam Smith y David Ricardo, el comercio beneficia a todos y, por tanto, es un factor que contribuye poderosamente a aumentar la renta y la riqueza de los países. Posteriormente, otros teóricos de la economía también se han encargado de demostrar, con modelos más o menos sofisticados, sus beneficios.

Finalmente, no olvidemos que, mal que les pese a algunos, Cataluña es España, y que es deber de todos velar por su bienestar económico y social, el cual se fundamenta en el valor de la solidaridad, que redunda en beneficio de todos. Si no lo hace por este noble principio, hágalo al menos por no tirar piedras contra su propio tejado.

Comprar productos del resto de España o del mundo, en lugar de los catalanes, es un error teórico y práctico, además de una decisión irracional que, a corto plazo, tendrá un efecto bumerán para todos, ya que estanca la economía en su conjunto.

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