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Artículos de opinión

La economía española en 2018

Lorenzo Bernaldo de Quirós
Mercados , 7 de enero de 2018

En el flanco doméstico, la principal amenaza es la incertidumbre política en Cataluña. De la magnitud y de la persistencia de la crisis catalana dependerá en gran medida la marcha de la economía española en 2018.

En 2017, la economía española ha continuado mostrando un considerable dinamismo. El Producto Interior Bruto anotará una tasa de crecimiento del 3%, ligeramente inferior a la registrada en 2016; el incremento del empleo en relación al del PIB se mantiene muy elevado, lo que permitirá reducir la tasa de paro en tres puntos; el objetivo de déficit público, 3,2% del PIB, se alcanzará e incluso puede situarse por debajo de él si no lo impiden ayuntamientos y autonomías; la inflación se cerrará en niveles superiores a los del anterior ejercicio, 2% frente al -0,2%, pero la subyacente sigue en niveles bajos, y la balanza por cuenta corriente arrojará de nuevo un saldo positivo gracias al buen comportamiento de las exportaciones y a los ingresos proporcionados por el turismo. España sigue inmersa en una recuperación intensa, mucho más equilibrada que la experimentada en anteriores ciclos expansivos.

A priori, las perspectivas para el año 2018 sugieren la continuidad de la senda de crecimiento iniciada en el cuatro trimestre de 2013. En el plano exterior, la actividad en la zona euro parece mostrar un vigor superior al previsto ab initio por el consenso de los analistas y, de momento, la estrategia fiscal desplegada por la Administración norteamericana tendrá, como se ha apuntado en otras ocasiones, un efecto estimulante en el corto plazo. La combinación y consolidación de ambas tendencias ejercerá un impacto positivo sobre la economía nacional este año. Sin embargo, existen riesgos externos e internos cuya materialización e intensidad van a ser determinantes de la evolución económica de España que, por su propia posición cíclica, propende ya a anotar una suave desaceleración respecto a su trayectoria durante los últimos tres años.

En el ámbito internacional, la amenaza fundamental procede de la normalización de la política monetaria. La prolongación de su hiper laxitud durante casi 10 años ha ralentizado el imprescindible desapalancamiento del sector privado y alimentado el apalancamiento del público. Además ha distorsionado el funcionamiento de los mercados financieros y de capitales, produciendo una mala asignación de recursos que se ha traducido en numerosos planes de inversión sólo viables a tipos de interés reales negativos y en la creación de burbujas de activos. Esta situación no puede continuar de manera indefinida y, cuanto más se tarde en corregirla, mayor será el coste socio-económico. Esto es mucho más relevante que los vaivenes de la economía china, el Brexit o el precio del petróleo, factores en buena parte ya descontados, en sus peores efectos potenciales, por los mercados.

En el flanco doméstico, la principal amenaza es la incertidumbre política en Cataluña. De la magnitud y de la persistencia de la crisis catalana dependerá en gran medida la marcha de la economía española en 2018. Si se produce un rebrote de las tensiones en el Principado en los meses venideros, su repercusión sobre las decisiones de consumo y de inversión de las familias y de las empresas, domésticas y foráneas, reforzaría de manera significativa el descenso normal del crecimiento proyectado por la mayoría de los economistas. A causa de la ausencia de fenómenos comparables en términos históricos, la realización de cualquier proyección está sujeta a una enorme imprecisión y, por tanto, una cuantificación de sus consecuencias es muy aventurada. Dicho lo anterior parece poco probable que la cuestión catalana se encauce a la vista de los resultados electorales del pasado 21-D que han dado una mayoría absoluta a los soberanistas.

Por otra parte, la decisión gubernamental de elevar el SMI un 20% en los próximos tres años y el potencial aumento de los salarios en convenio un 3%, propugnado por la patronal y los sindicatos, superior al de la inflación prevista suponen una evidente desviación de las políticas de moderación salarial que han sido fundamentales para ganar competitividad y crear puestos de trabajo desde 2012. Por añadidura, supone ignorar algo básico: la contención de los costes laborales no ha de ser algo temporal, sino una regla permanente, ya que en una unión monetaria es imposible ganar competitividad mediante devaluaciones cambiarias. En otras palabras, la prolongación de la expansión exige en román paladino no separarse de Alemania en términos de costes laborales.

Desde esa perspectiva, el mayor peligro de la economía española en el corto y medio plazo estriba en la existencia de un generalizado clima de opinión en virtud del cual, superada la Gran Recesión, cabe volver a las políticas del pasado, léase a impulsar el gasto sin haber introducido a las finanzas públicas en la senda de la sostenibilidad, a subir los salarios al margen de la productividad y a dar por cerrada la imperiosa necesidad de introducir reformas estructurales capaces de elevar el potencial de crecimiento y dotar de estabilidad presupuestaria y financiera a eso que se llama Estado de las Autonomías. Se ha apoderado del Gobierno, de los partidos y de la sociedad una especie de fatiga reformista muy inquietante.

La paulatina reducción del déficit público hasta situar las cuentas de las AAPP en superávit o el dotar de flexibilidad y competencia a los mercados en los que esas dos variables no existen, por citar dos casos emblemáticos, no son medidas coyunturales precisas para salir de la crisis, sino políticas permanentes que han de convertirse en una especie de constitución económica de España. Sin duda, hay que hacer muchas más cosas, pero sin disciplina presupuestaria y sin mercados competitivos es imposible asentar la economía española sobre bases sólidas, aprovechar sin generar desequilibrios insostenibles las fases alcistas del ciclo, transitar con pocos costes sociales y económicos las bajas y converger en términos reales con los países más ricos.

España se encuentra en una tesitura compleja, entre la complacencia de unos ante los éxitos logrados y la autoflagelación de otros ante la insuficiencia de lo alcanzado. Esto conduce bien al inmovilismo, bien a la búsqueda de atajos para anticipar los beneficios que sólo una economía sana en lo macro y flexible en lo micro pueden proporcionar. Esta es una lección que parece haberse olvidado y cabe esperar que no sea necesaria otra crisis para recordarla.

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