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No es esto, no es esto

Lorenzo Bernaldo de Quirós
El Mundo (suplemento Actualidad Económica) , 10 de septiembre de 2018

La materialización de los incrementos tributarios planteada por el Ejecutivo aceleraría la tendencia declinante de la economía española

Los recientes datos macro y microeconómicos confirman lo anticipado hace unos meses por los indicadores de expectativas: una desaceleración más intensa que la prevista por el consenso de los analistas. Esta situación no constituye algo coyuntural sino que configura una tendencia que se agudizará a partir del último trimestre de 2018. Aunque parezca una afirmación exagerada, ceteris paribus, el crecimiento del PIB español en 2019 puede situarse por debajo del 2% y la creación de empleo sufrir una disminución sustancial. En este contexto es preciso evaluar el impacto sobre la actividad económica y la generación de puestos de trabajo de las subidas impositivas que estudia el Gobierno.

De entrada, cabe señalar un hecho básico: la teoría y la evidencia empírica muestran que los procesos de reducción del déficit público asentados sobre incrementos de impuestos no funcionan. La experiencia proporcionada por las estrategias de consolidación presupuestaria realizadas en los países de la OCDE durante los últimos 30 años ratifican la anterior afirmación. Esto significa que el camino elegido por el Gabinete socialista para corregir el desequilibrio de las finanzas de las administraciones públicas es inadecuado y no conseguirá reconducir aquellas hacia una posición sostenible (Alesina A. y Perotti R., “Fiscal Adjustments in OECD countries: composition an mecroeconomic effects”, NBER, 1996).

Si eso es así, la situación es aún peor cuando se introducen alzas tributarias en un escenario de desaceleración de la economía. En este contexto, los hechos demuestran que una política de esa naturaleza agudiza la trayectoria declinante del PIB. Quizá en términos estáticos esa medida consiga elevar la recaudación fiscal en el corto plazo, pero la hace descender después, cuando las familias, las empresas y los inversores adaptan su comportamiento a un escenario de tipos impositivos más altos y descuentan una tasa de retorno menor al trabajo, al ahorro y a la inversión después de impuestos. Esto se traduce en una caída del PIB y, al final, en una recaudación menor.

Los modelos sobre las consecuencias de un incremento de los tipos impositivos son abundantes y muchos de ellos tratan de evaluar el punto lafferiano de una economía; en concreto, la posición en la cual una elevación de los tributos es o no dañina para el crecimiento económico y para el empleo. En un reciente trabajo se analiza cuál sería el impacto de un aumento de los tipos impositivos sobre el trabajo y el capital, los autores parten de un supuesto discutible: España estaría en la parte con pendiente positiva de la curva de Laffer y, por tanto, un alza de la fiscalidad haría crecer la recaudación. Ahora bien, este efecto del corto plazo se vería acompañado por una reducción del PIB y del empleo. Por añadidura, los impuestos más distorsionadores serían aquellos que el Gobierno pretende subir, por ejemplo, los que recaen sobre las rentas del capital (Boscá J. E., Domenech R., Ferri J., “Estructura fiscal, crecimiento económico y bienestar”, UIMP, julio 2017).

Por otra parte, la consolidación de un sistema tributario cuya finalidad es financiar un gasto público compatible con la estabilidad de las finanzas públicas hace inevitable que las subidas de impuestos sean permanentes e incluso sean mayores en el futuro, dada por ejemplo la evolución del gasto en pensiones. Esto implica que los agentes económicos ven reducida su renta permanente, esto es, los flujos de ingresos futuros derivados del trabajo, del ahorro y inversión, lo que genera un descenso, a su vez permanente, del potencial de crecimiento económico y de la generación de puestos de trabajo. Ello conduce de manera inevitable a una espiral en la que es imposible lograr un descenso estable del déficit de las administraciones públicas.

El dilema de la economía española no supone optar por una dicotomía falsa, a saber, los recortes o subidas de impuestos, por un lado, y el objetivo de disminuir el déficit, por otro. Ese silogismo se sustenta en una premisa falsa. Un sistema impositivo que penaliza el crecimiento y el empleo nunca producirá los ingresos suficientes para equilibrar los Presupuestos. Por eso, el propósito de recortar el binomio gasto-impuestos no solo pretende lograr el saneamiento de las cuentas públicas en el horizonte inmediato, sino crear un marco a medio y largo plazo que produzca los incentivos necesarios para una expansión constante de la actividad económica.

Por añadidura, en términos cuantitativos, las hipotéticas subidas de los tipos impositivos del IRPF a las personas con salarios a partir de 150.000 euros/año tendría un efecto irrelevante sobre los ingresos, ya que afectaría al 0,4% de los contribuyentes, pero sí lo tendría y muy negativo sobre su disposición a trabajar, ahorrar e invertir, al verse disminuida la rentabilidad después de impuestos de esas variables. En paralelo, la potencial elevación, 10 puntos, del gravamen sobre las rentas de capital supondría un desincentivo para acumularlo con consecuencias lesivas sobre la economía, y fomentaría la salida de capital hacia lugares en donde este goza de una fiscalidad menor. Desde esta perspectiva, los estrategas fiscales del Gobierno contemplan de modo estático y mecánico una realidad dinámica en la que los agentes económicos responden a incentivos y los suministrados por el Gabinete son negativos.

En conclusión, la materialización de los incrementos tributarios planteada por el Ejecutivo aceleraría la tendencia declinante de la economía española. Es probable que condujese a un aumento puntual y breve de los ingresos, pero su efecto depresor sobre el PIB y el empleo impulsaría el déficit al alza en un rápido período de tiempo.

Esto implica que el diseño de la política fiscal y presupuestaria del Gobierno de Pedro Sánchez no será capaz de hacer disminuir el desequilibrio financiero del sector público. Al contrario, está sentando los cimientos para que se dispare.

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