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¿Han venido los inmigrantes a quitarnos el trabajo? No parece

El Mundo (suplemento Actualidad Económica),
21 de enero de 2019

A principios de diciembre tuvo lugar en Marrakech la Conferencia Intergubernamental del Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular. Este, que es un acuerdo global no vinculante, ha sido suscrito por 150 países, si bien ha habido varios que se han desligado del texto aprobado. El argumento más esgrimido por el grupo de detractores es la sospecha de que este pacto aboga por una política de fronteras abiertas. Señalan que esta deriva globalizadora tendría enormes repercusiones sobre la seguridad de sus estados y que pondría en jaque cuestiones culturales y de soberanía nacional. Los hipotéticos perjuicios de la migración sobre el empleo, así como el empeoramiento de las condiciones de vida para los autóctonos, también han servido como justificación al bloque nacionalista para oponerse.

Sin embargo, en los últimos años se aprecia una tendencia en Occidente que lo desmiente. Tal y como señala la OCDE, excepto en coyunturas puntuales, un mayor crecimiento en la proporción de nacidos en el extranjero respecto al total de la población viene de la mano de un aumento en el porcentaje de trabajadores nacionales. Así, por ejemplo, entre 2015 y 2017 el número de personas foráneas (estén nacionalizadas o no) experimentó en Grecia el mayor crecimiento, del 31,48%, y, durante ese mismo periodo, el incremento del empleo entre la población autóctona del país heleno ha sido también uno de los más altos, del 5,93%. Este fenómeno se observa asimismo en el grupo de estados más vociferantes contra la visión globalizadora. Por ejemplo, Hungría, cuya población nacida fuera de sus fronteras ha aumentado en un 8,16%, presenta un porcentaje de crecimiento de trabajadores nacionales del 6,74%. En el extremo contrario se encuentra Noruega, donde más ha disminuido la población extranjera en esos dos años (un 4,44%) y donde también la tasa de empleo entre los oriundos ha variado más a la baja (un 1,05%).

A su vez, se aprecia que el incremento migratorio en los países de nuestro entorno no silo se produce en paralelo al del empleo entre los autóctonos. Simultáneamente, también crece el número de trabajadores nacidos en el extranjero (salvo en los casos de Alemania, con -0,44%, y Suiza, con -0,92%). En aquellos donde lo ha hecho con más fuerza, como Polonia o Irlanda, el avance de la fuerza de trabajo nacional no se ha frenado (con aumentos respectivos del 5,09% y 5,99%).

A la luz de estos datos, no puede concluirse que la migración tenga un impacto positivo cierto en el mercado laboral, pues influyen muchos otros factores, como la recuperación económica de la Unión Europea tras más de un lustro de crisis y lenta mejora.

No obstante, la evidencia de que está lejos de perjudicarlo ha de animar a un discurso alejado de alarmismos, ya que no conducen a ninguna parte. Más bien lo que hay que hacer es impulsar un análisis sin complejos ante una realidad que ha venido para quedarse. 

Los hipotéticos perjuicios de la migración sobre el empleo, así como el empeoramiento de las condiciones de vida para los autóctonos, han servido como justificación al bloque nacionalista

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