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La inflación, enemiga tradicional de la competitividad

El Mundo (suplemento Actualidad Económica),
7 de mayo de 2018

Uno de los motores actuales de las economías europeas es el sector exterior. Gracias al crecimiento de las exportaciones, los países se han recuperado más rápido de la crisis y están elevando su potencial de crecimiento. Para mantener esta tendencia, se necesita conservar los avances en la competitividad conseguidos con duros sacrificios en los años de recesión, como la reducción de costes laborales, las reformas estructurales y una mayor flexibilización de los mercados.

Otro reto clave es controlar la inflación para que los bienes y servicios de un país no se encarezcan, hasta el punto de dejar de ser atractivos frente a naciones rivales. Según los últimos datos de la OCDE del cierre de 2017, los países de la zona euro han perdido competitividad real respecto a Estados Unidos, debido a la apreciación de esta moneda frente al dólar. 

Por ejemplo, un “euro alemán” hoy vale un 1,46% más que la divisa norteamericana. Gracias únicamente a que los precios en Estados Unidos han subido más rápido que en el país germano, la pérdida de competitividad real no ha sido tan intensa.

Sin embargo, esta contención de precios no se da en todos los países del euro. Estos pueden clasificarse en dos grupos: aquellos en los que el diferencial de inflación armonizada ha mejorado respecto a Alemania y aquellos en los que ha empeorado. En el primer caso se sitúan Irlanda, Finlandia o Francia, ya que allí los precios crecen de una forma más lenta que en el país teutón, al contrario de lo que ocurre en los territorios bálticos, Bélgica, Austria y España. En nuestro país, el diferencial de inflación con Alemania ha empeorado en 0,22 puntos porcentuales, lo que nos ha hecho perder un 2% de competitividad real entre 2016 y 2017.

En este indicador de competitividad-precio asoma una desventaja que padece la economía española desde hace décadas: la “inflación estructural”. A pesar de que en las estadísticas generales esta no parezca un problema en términos absolutos, sí podría empezar a serlo en términos relativos, si se compara con la evolución de los precios en Alemania y en la media de la eurozona.

Por tanto, en un contexto de unión monetaria y sin posibilidad de realizar una devaluación nominal por no poseer competencias de política monetaria (menos aun cuando esta tenderá a ser más restrictiva, tal como ha anunciado el Banco Central Europeo), la economía española necesita vigilar el movimiento de los precios, controlando muy rigurosamente posibles presiones inflacionistas. ¿Cómo? A través de muchas decisiones que dependen del Gobierno, como la contención de los salarios públicos y el incremento de la competencia en los sectores regulados. El escenario global es inevitable y la autarquía no responde a este siglo. Hoy se impone la estrategia de ofrecer un tejido industrial competitivo, para que el país atraiga a nuevos inversores internacionales y los de casa no se vayan. 

En este indicador de competitividad-precio asoma una desventaja que padece la economía española desde hace décadas: la “inflación estructural”.

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